Colapso.

El texto, en su linealidad, no es capaz de describir por completo la escena, porque no es una escena estática. Es un cuadro en movimiento, o más bien es una multitud de cuadros en movimiento, como un mosaico de películas diferentes, atadas todos por el estruendo del colapso. Veo la mesa, veo la taza roja de la cual comía granola, como cualquier otro día, veo a Rosaura a mi derecha a medio desayuno. Veo al gato, a Hokusai, con el pelo erizado escabulléndose en un movimiento serpentino, veo en una lentitud cinematográfica los libros precipitarse desde las repisas, como en un tipo de salto exagerado, no una caída simple como la de la manzana de Newton, de arriba a abajo, sino una caída curva, como si saltaran a su muerte. Veo los libros caer. Oigo a Rosaura gritar, pero oigo también el estruendo, el estruendo que es como una cascada, pero las cascadas mantienen un estruendo continuo, este, más bien es el sonido de cuando se vierte el arroz en un tarro, de una alcancía que se vacía sobre lozas frías de piedra, es el sonido de libros cayéndose, de las tablas de las repisas chochando contra sí y botando los libros de la repisa inferior en su encuentro con el piso. Veo al gato (mi cabeza tuvo que haber girado completamente hacia la izquierda) entrar en la recámara. El gato es tan rápido que ya se ha ido y aún hay libros cayéndose, o me parece qué aún se caen, pero tal vez es sólo el estruendo atrapado en mis oídos. Veo el resultado, la colección -si es que colección se puede llamar-, estrellada contra el suelo, el orden personal de las repisas aniquilado, desmembrado como el cuerpo que el asesino de la película de cine negro ha lanzado desde la azotea de un rascacielos angelino en el primer acto de la película. 

Hay shock y hay susto. El gato, lo spoileo de una vez, se exilió a la caja de zapatos debajo de la cama y no volvió sino hasta pasado el mediodía. (La otra gata, con la displicencia que la caracteriza no mostró el más mínimo interés en los acontecimientos y reposó sobre el edredón del dormitorio).  Rosaura miró peripatéticamente el área devastada, pero el reloj marcó las siete y se vio obligada a iniciar el periplo laboral. Quedé sólo. Comencé a recoger. Un libro. Dos libros. El primer adorno roto. El pisapapeles mexicano que había sido de mi madre, y que podría tener mi edad aún estaba casi intacto. Otro libro. Un par de comics arrugados y una contraportada rasgada. Un par de paperbacks con el lomo partido. La caja del VHS de Piecito (¡en alemán!) rota, pero sólo un poco. El cubo rubik cuyas caras en vez de colores lisos son sitios históricos de la Ciudad de México reducido a 30 cubitos imperfectos. Los "Cátedra" desperdigados por el piso. Los libros de fotografía afortunadamente sanos y salvos pero oprimiendo con su peso a la literatura en alemán. Mientras los recogía y apilaba y les pedía disculpas por el nuevo orden más propio de una compraventa de tercera que de una biblioteca. 

Comencé a la vez a tratar de entender qué había provocado el desplome. Mantuve un diálogo interior, el cual un escritor más digno comentaría con humor. La primera sospechosa, evidentemente, fue la fuerza de gravedad. Los libros son pesados. Los libros de tapa dura son pesados. Los comics a pesar de sus páginas delgadas también pesan, en espacial en una pila de 40 de ellos. Los libros voluminosos de páginas delgadas son densos y por ende pesados (y ahí había textos de Proust, Thomas Mann y Döblin, jhá, densa literatura, libros densos). "La insoportable levedad" también pesa. Los libros que hablan de viajes en globo, los tomos de poesía, sí. Es inevitable que todo el canon literario personal no procure derrumbarse a poco y podría culpas a las nuevas adiciones. "Known and Strange Things" de Teju Cole, "Vampiro en la Colonia Roma" los estoy enjachando. El siguiente sospechoso es el único que se vio huyendo de la escena. No quiero convertir este párrafo en un caso más de "racial profile" pero el felino tiene un conocido historial de vandalismo, de indiferencia a la autoridad y de rechazo a cualquier rehabilitación. La extensión que unía las luces navideñas del techo con el tomacorrientes cercano al suelo podría haber fungido como un tensor para desestabilizar las repisas y colapsarlas. Me corresponde también hacer un mea culpa. Al fin y al cabo yo fui quien instalé esas repisas. Viendo los tornillos utilizados, pienso que debía haberme dejado llevar por una masculinidad más frágil y utilizar tornillos más largos, más gruesos y taladrados más hondo. 

Ya he tomado nota para la reparación. Ya sé lo que necesito y sólo requiero de tiempo para hacerlo. El desplome será recordado como un incidente más en el 2016, uno menor, pero aún en el mismo espíritu. Así al menos quedó consagrado en instagram.

Por mientras los libros descansan incómodos y apilados sobre la "coffee table" de la sala, los adornos más frágiles viven como damnificados en el escritorio de Rosaura y aquellos que no sobrevivieron descansan en paz en la morgue de una caja de zapatos antes de su inevitable partida hacia el más allá que corresponda a su fe. Curiosamente los adornos destruidos más allá de cualquier reparación son todos de México. México ha sido el destino predilecto de viaje de Rosaura y mío los últimos años, pero no tenemos planeado volver ahí, pretendemos saltar el charco a otros destinos así que no hay posibilidad de reemplazar lo perdido pronto. Algún simbolista lo tomará como una señal, algún pragmático pensará en que ahora espacio disponible. Yo estoy en el medio. Si alguien fuera a México me gustaría pedirles alguna calaquita, coloreada y pequeña y a la vez sé que todo otro espacio disponible, algún otro detalle de otro rincón del planeta lo vendrá a ocupar.