Get Gone

Hoy fue mi último día en el trabajo. En mi cocina, en este momento, mis verduras flotan entre los borbollones de agua hirviente y se transforman, pierden consistencia, dureza y dejar entrar en sí sabores y aromas ajenos a ellas. 

Hoy fue mi último día en el trabajo y creo que lo interioricé sólo cuando mi cubículo quedó por fin despejado. Yo soy un acumulador. También soy un recreador del barroco y mi cubículo era un colección de pequeñas cosas que ahora descansan en un par de bolsas en la bodega de mi casa. Destaco entre los elementos decorativos de mi cubículos: tres tiquetes de lotería del gordo navideño (2013, 2014, 2015) que me recordaban que debía seguir trabajando, post cards diversas de museos de artes (Kandinsky), dos fotos de mi novia y una de mi gata, el Big Black Box de Cards Against Humanity, un caballero templario de plomo,  un Jedi Starfighter de Lego con un Obi-Wan que discrepaba con un Abraham Lincoln de Lego, post-its sin fin, un block lleno de: ideas para mí, explicaciones para los demás (mi capacidad de expresión es proporcional al croquis ilustrativo que pueda hacer) y muñecos de palito donde ejemplifico la suerte de los demás si no entienden mis explicaciones. Nada de eso quedó. Sólo el cubículo vacío y un (quizás) irónico panfleto de nuevo partido socialista llamando a la sindicalización de los empleados privados. 

El horror del espacio en blanco.

El horror del espacio en blanco.

No eran ni las cinco pero por esas razones que no son las mías, sino las razones de los viernes de quincena me llamaron a entregar la computadora, el cargador, la llave de la oficina con bastante antelación. Llené también ese formulario de salida donde se anotan usuarios y contraseñas. Mi firma estampada sobre el margen izquierdo constituyó el fin del rito. Comenzaba así el ostracismo. En mi llavero hay una llave menos. Mi bolso pesa menos hoy.

Me despedí con una vuelta olímpica llena de despedidas individualizadas siendo unas más efusivas, personales, serias que otras. Recibí un regalo. Vi ojos a punto de romper y dejar manar saladas lágrimas. Le dije a varios que "nos veríamos de nuevo" y sé que en algunos casos es cierto y en otros quizás no.

En ese momento, ese momento de despedida no hay nada más que las personas que se separan. Es la única dimensión que existe, aunque sea sólo por escasos minutos. Esa dimensión extiende un vacío que se ha formado. Sin saber cómo después sólo atravesé la puerta y el camino a casa ocurrió. 

Ahí, en el camino, vi una tienda en remodelación. Vacía. Expectante de su suerte. Una escalera anunciaba que algún trabajador aún pintaba o reparaba en su interior. Olía a pintura recién aplicada. De alguna manera resulta metafórica. Quise asomarme dentro de esa tienda. Experimentar alguna sinécdoque. 

Los espacios llenos se vacían se vuelven a llenar. 

Los espacios llenos se vacían se vuelven a llenar. 

La decisión de renunciar fue mía. Mi sentimiento es ahora el de esa tienda vacía. Expectante. En remodelación. No sé si yo soy el espacio vacío que se debe llenar, o si soy la energía a habitar nuevos espacios. 

Mis verduras hierven. Se han transformado y suavizado. Han adquirido otra textura. Otro sabor. 

Yo también.