Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Pechurricas

El nombre causa impacto. Hay que admitirlo. Pone a pensar, a imaginar. Ciertamente suena a piropo de constru, a algo que se podría oír en el Bulevar de la Avenida Cuatro a la Salida del Colegio de Señoritas. La voz masculina, con tinte sedoso y libidinoso que grita… “¡Pechurricas!”

Suena también a Newspeak, a aquel paralenguaje neologístico político de 1984 (el único cuyo vocabulario que se reduce con el tiempo) que abreviaba frases en una sola palabra para atontar a la gente, reeducarla. ¿Para qué salivar más, gastar más aliento en una frase compuesta si se puede gritar: “¡Pechurricas!”?

Volviendo a la etimología y más importante aún a la semántica nos queda por explorar el significado no-metafórico, el que es simple, natural y soso. Aceptar la palabra por el face-value. Entender pechugas por pechugas, y ricas por ricas. No hay que pensar ni darle muchas vueltas a la tentación gastronómica de las Pechugas ricas, apodadas “¡Pechurricas!”.

Es posible que el nombre esté relacionado con el hecho de que tenga que ser ofrecido “por su nombre y de forma apetitosa”. Quién podría rehusar cuando alguien llega, con sonrisa en boca, y de forma apetitosa y por su nombre le dice: “¡Pechurricas!”.

Afortunada- o fatídicamente no me fueron ofrecidas de esa forma. Las llegué a degustar, sí; pero eso se debió a haberlas descubierto en el Menú de Aperitivos de Pizza Hut por encima de los Breadsticks. Tanto Javier como yo no pudimos evitar exclamar y acompañar de una carcajada el nombre: “¡Pechurricas!”.

En un almuerzo que sólo se puede clasificar como LF, que inició con un viaje a Tibás para escapar del tedio de San José y del voluntario desempleo (presiento un “¡Busque Brete Vago!” por parte de Daniel), que incluyó ver a Gonzo y a una Gallina Disco en Telenoticias, con acompañamiento de Lasagña (nótese el gñ) en el menú, al habitual coro de panderetas cumpleañeras, y al extraño cuestionario que parecía evaluar la sonrisidad de los trabajadores del Restaurante (incluyendo administrativos). Hay que admitirlo: sólo una palabra puede resumir todo esto. Esa única palabra que combina lo LF con lo gastronómico, el asesinato del idioma con la charlatanería: “¡Pechurricas!”

Aunque no estuvieran tan pechu, ni estuvieran tan ricas, lo cierto es que fueron anecdóticas en un día que ya adolecía de propios LFismos nativos a San José, a la Alianza Francesa, o a las peregrinaciones ajenas a mi casa. Podría hablar de jackets y paraguas perdidos, de ‘néanmoins’, ‘or’ y el ‘subjonctif passé’, o de haber descubierto que la “Gasolina” es una canción sobre Independencia Energética. Pero ante todo esto sólo prefiero exclamar el neologismo absurdo, digno de un lunes, meta- y patafóricamente significativo: “¡PECHURRICAS!”

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