Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Shattered Glass

El tema de hoy es patrocinado –más que todo solicitado- por el celebérrimo Garitenko, y no es otra cosa sino que los incidentes ocurridos, hace poco más de una semana en la U Latina. No es hora de rasgarse las vestiduras, ni contratar a las plañideras para lamentarse por las pérdidas materiales. Tampoco es hora de ponerse en modo maternal (¿pero quién pensará en los niños?) y hablar de cómo se están formando o deformando los jóvenes de hoy en día. Tampoco es hora de perfiles psicológicos, de discutir el comportamiento de masas, de cómo lidian y ventilan decepción, frustración, ira, enojo. (Y eso después de endulzarse con los tres snickers necesarios para la entrada). No quiero criticar la organización, la genial idea de hacer un concierto gratuito en un lugar cerrado. Y tras de eso ahí.

Todo esto ya se ha dicho, se ha pensado. Desde la monocromática página Quince en la nación, hasta las expositivas mañanas del lunes en la Alianza. Decepción, principalmente ha sido el aroma principal, adornado por la ira y el enojo. Planteando una temerosa y decepcionada pregunta, ante una respuesta que querríamos negar.

Las mañanas que me digno a bajar a San Pedro, veo la tugurienta fachada de esa Universidad (el bus de San Ramón pasa alegremente por ahí como si se tratase de una visita guiada… A su derecha… Y ahora a su izquierda…). Las bolsas transparentes y negras en vez de ventanales forman un cuadro plástico y patético, típico del parabrisas Datsun 120Y en los Cuadros o en La Carpio. Incluso de tiendas en San José, pero no de una universidad.

Rebobinando unos días, inspirado por videos (fácilmente localizables en youtube) uno ve las escenas de destrucción, de locura barbárica, de eso que en inglés se llama berserk y que cuesta traducir. Una sed de odio, de destruir.

Simple esclavo de una maquinante mente imaginativa, uno desea inventar una historia para estos vándalos. Tratar de descubrir qué se esconde detrás de la autosatisfecha sonrisa de un carajillo que huye de la escena con un par de coca-colas robadas, del otro que eventualmente se descubrirá poseedor de un teléfono. (Admito que algunos no eran más que piedreros que querrían vender su botín, pero otros andaban tenis Nike, chemas Quik, mejor vestidos que yo.) Esto hace más difícil querer conjurar una historia, una justificación ficticia para la decepción.

Uno se identifica con la cierta ansiedad antes de un concierto, de alegría; de emoción, de saber que uno va a algo que va a disfrutar, y uno imagina cómo sería ver ese deseo truncado. No importaba la distancia si algo vale la pena, pero viajar bastante para que le digan que no es otra cosa.

¿Será que este vándalo vino desde lejos para ver a las aves psitácidas reggae-ska-noséquémás argentinas? ¿Será de San José? ¿Alajuela? ¿San Carlos? ¿El Puerto? ¿Explica eso sus acciones? Tal vez, pero ciertamente no las justifica. Nada las va a justificar.

Aun así la imagen de los jóvenes pericófilos haciendo gala de sus destrezas fisionómicas, de la capacidad de lanzar minerales contundentes no se me va de la mente, y entre las tantas historias que puedo conjurar no puedo dejar de pensar que casi todos debemos tener un punto de quiebre: un momento en que las situaciones enfrentadas superan nuestra disciplina. Tal vez no por un concierto, pero por otras más desesperadas razones todo mundo eventualmente cedería a la agresión, a la violencia; está en nuestra lamentable genética prehistórica.

Las circunstancias dictaron el desenlace, como tantas veces ocurre. En cierta forma, esto era inevitable, dependía solo de cómo se barajaran las premisas. Tal vez el evento nos deba servir de advertencia, de recordatorio de lo frágil que son nuestra disciplina, nuestra ética y nuestra moral y cómo cuesta mantenerlos.

Vértigo Verde

La insoportable modorra del ser