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Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

La Cucaracha en el Supermercado

El par de elongadas antenas acarician la superficie curva, sensual y vitriosa de una Grolsch. Como con curiosidad la pequeña cucaracha se acerca a ella, tratando de encontrar algo apetitoso allí, al fin y al cabo había sido un largo periplo entre hendijas oscuras, entre la parte olvidada de las repisas o viajes en cajas de cartón para llegar a esta góndola y debía encontrar comida. Tal vez no supiera por qué, lo importante era comer. Comer es su propósito en la vida.

Con no poco temor habría abandonado las cómodas tinieblas, para estar en un espacio relativamente abierto, pequeñas antenas buscando comida, incapaz de comprender por qué en ese pasillo, en ese repisa, todo sabía al neutro sabor de vidrio y aluminio. No se sentía a gusto, prefería las oscuras y húmeda hendijas, donde el polvo podrido se enmohecía, donde el vaho tropical la hacía sentirse a gusto entre la escoría y la suciedad, pero ahí la comida es escasa. Había que salir, buscar comida en una Meca de comida de otra especie.

Para una cucaracha, los sentidos son todos el mismo: el tacto de sus antenas es olfato y es vista, también el gusto es tacto, y la vista no tiene sentido si no es para poder oler o sentir la comida. Un diseño depurado de la evolución con el propósito único de sobrevivir mientras se encuentra comida, y sobrevivir para reproducirse. No es un animal social, no necesita oído para comunicarse, ni vista para identificar a los demás, ni tacto para sentirlos, necesita comer. Sólo comer y sobrevivir.

Carece de cualquier tipo de apéndices u organos para complicados rituales de apareamiento, pero puede sorprender con un par de alas para evadir los peligros. No es laboriosa como una hormiga, ni dura como un escarabajo, pero es capaz de correr a velocidades altísimas. Supervivencia es su vida.

Esta cucaracha no habrá conocido jamás a sus miles de hermanos y tampoco sabrá nada de sus miles de hijos. Sólo le interesa hoy alimentarse, encontrar algo mínimo en medio de esas monumentales góndolas. Esa tierra de gigantes 'civilizados' que con chancletas y baygones las cazan y acechan. Industrias de la guerra, de la exterminación que la cucaracha jamás imaginaría, Auschwitzes y Mengeles que prueba toxinas y métodos más eficaces de erradicación. La cucaracha es una peste, sin saberlo, destinada a la muerte, después de haber sobrevivido cualquier tipo de cataclismo, e incluso sobrevivirá a los patéticos sapiens sapiens que la tratan de matar.

Fue a medio camino entre la Grolsch y la Quilmes, por encima de la Paulaner que la cucaracha se detuvo. Se sentía observada, aunque posiblemente no fuera capaz de articular pensamiento alguno. Cosa de instinto de supervivencia. Ojos y movimiento en un espacio abierto. Un joven enmascarado detrás del lente de una cámara de celular.

Una decisión inesperada, quedarse quieta, no huir, no correr a la seguridad de la hendija, al oscuro nido, donde las suelas humanas no la habrían de perseguir, no oiría el martilleo de caucho como un clarín de muerte.

El joven la veía con curiosidad, sonó el clic digital de un obturador celular, y luego el par de ojos verdes que veían a la cucaracha cuestionando la naturaleza de esta, su origen, sus misterios. Su misión, el azar de este encuentro. ¿Pues quien más le pone atención al hecho de encontrar una cucaracha en el Automercado, quien memoriza  la escena del encuentro? Ahí la periplaneta americana, ahí él, homo sapiens sapiens. Enemigos a muerte en guerra de higiene. Él con un cierto asco que no lo deja alargar la mano y alcanzar la Stella Artois, ella quieta, esperando poder seguir buscando comida entre las góndolas y las repisas.

No, no, para cuando las divagaciones del sapiens sapiens terminaron la cucaracha ya había avanzado, posiblemente estaría dejando las cervezas y entrando en el sector de gaseosas. Columnas y legiones pluricromáticas de bebidas, con más dulce que la pobre periplaneta pudiese comer en toda su existencia. Aun más allá las frituras y las bocas, comida con la cual la pequeña cucaracha podría alimentar a las generaciones venideras.

Selladas detrás de plástico y alumunio y vidrio. La cucaracha no sabría que tan cerca está de la comida que desea, pues lo que no huele, no lo ve ni lo siente, ni le sabe. Caminar entre tanta comida, sin saberlo. Estar en un desierto que es un paraíso camuflado.

Con la mano izquierda, el joven tomó -después de un cierta indecisión- un par de botellas de Stella Artois, olvidando a la cucaracha y ocupándose de qué más valdría la pena comprar.

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