Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

En la Embajada Rusa, Acto II

Anteriormente nuestro héroe había dejado atrás la embajada rusa antes de la hora sin sombra (el mediodía para los que no están versados en metáforas) después de un intento fallido de obtener la visa. Zune en mano, audífonos en oreja y caminando por Barrio Dent en rumbo a un almuerzo menos que apetitoso nuestro héroe empezaba a reformular su día.

Pasaron las horas. El sol cruzó el cénit, enrumbado hacia el ocaso y nuestro protagonista de forma poco productiva pasó su día entre conversaciones y charlas (entre lo aleatorio y lo real) hasta que llegó de nuevo la hora de repetir la peregrinación.

Nuevamente abordó la buseta. Tomó un asiento cerca de la puerta (esperó que no subiera otra Ciudadana de Petróleo a la cual le debiera ceder su asiento) y tal como horas antes la buseta impacientemente hizo la parada solicitada y nuestro héroe, con sabor de refrito recorría los cincuenta metros de acera, dobló la esquina, intercambió una mirada de reconocimiento con el oficial de la Fuerza Pública que vigila y tocó el timbre.

Miró fijamente a través de las rejas, de la máquina de detección de metales, de las otras rejas, y veía las puertas abiertas que daban a una sala de espera que contrastaba fuertemente con el exterior del edificio.

Búnker por fuera, Minikremlin por dentro. Nuestro héroe esperaba que las puertas se abrieran de par en par, que una legión de rusos, no diferentes al que le había hablado por las rejas en la mañana le dieran la bienvenida y con prontitud recibieran sus papeles y le  felicitaran por sus deseo y curiosidad de querer visitar esa gran nación.

Nadié se asomó. El policía, con un tinte de ironía en su arrugada sonrisa se acercó a nuestro héroe. Creo que ya hoy no están atendiendo más, a unas señoras las devolvieron hace poco. ¿No las vio cuando venían? ¿Anda usted todo?

El protagonista sintió de nuevo cómo su espíritu decaía. En un rótulo se explicaban los diferentes requisitos, los enumeraba y se dio cuenta de que le hacían falta la cuádruple repetición de su propia imagen en papel fotográficoreducido. Aunque estuviesen atendiendo gente, no recibirían sus papeles porque no andaba las cuatro fotos tamaño pasaporte.

Agradeció al policía, con una pizca sinceridad y con más de una onza de desgano, esa ayuda habría sido mejor recibida temprano. Pero ya todo había pasado y nuevamente había fallado, había vuelto con las manos llenas, aun traía paseando su pasaporte y su invitación, no había podido dejarlo procesando la visa.

Quedaría para la tercera visita. La vencida. A la cual no irá solo. Esta es solo la segunda parte, faltan más. Eso se decía nuestro héroe mientras volvía sobre sus pasos a la Universidad, a esperar a su hermana, a darle un regalo de Feliz Cumpleaños. (Sip mi hermana cumplió 16 años).

Pequeño Intermezzo Matutino

En la Embajada Rusa, Acto I