Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

En la Embajada Rusa, Acto IV

No recuerdo si lo mencioné anteriormente, pero la Embajada Rusa -como es de esperarse- no se rige por horarios normales. No atiende todos los días, ni atiende todo el día. Atiende sólamente los lunes, miércoles y viernes, y si en estos dos primeros atiende de tres a seis de la tarde, hoy viernes atiende solo de nueve a doce de la mañana. Hoy, 31 de octubre, vencían los siete días hábiles de plazo que tardaaría el trámite de obtención de una visa rusa. Hoy, también, era la última oportunidad para lograrlo, no había tu tía; pues el lunes a primera hora ya tenemos que estar en el patio trasero del Autódromo la Guácima, conocido como el Aeropuerto Juan Santamaría.

Se dice comúnmente que por la víspera se saca el día, y honestamente la víspera había sido engorrosa, complicada y lenta; el día sin embargo fue diferente.

Hacía sol, el camino desde el punto de encuentro de nuestro héroe y su sagaz compañero hasta la embajada fue breve, en la embajada tocamos el timbre y rápidamente una vos rusa, nos pidió repetir más despacio qué era lo que queríamos, y en pocos instantes ya estábamos adentro. (Los dos, al parecer quedó en el olvido la regla de que sólo uno pudiera entrar).

El guarda revisó a los héroes con mayor diligencia, e incluso solicitó a nuestro protagonista abrir su siempre-presente maletín verde. El guarda ladró un 'svítch ooof' refiriéndose al celular, que  inmediatamente murió en la palma de la mano.

Luego, volver a entrar a la habitación consular. Donde nos recibió la secretaria de la vez pasada y un ruso canoso que se ocupó de nosotros rápidamente. Nuestro héroe creyó detectar una mirada de reconocimiento en los ojos anteojeados de la secretaria que prestidigitó un par de pasaportes y un par de libretas tabulares repletas de nombres en cirílico.

El rudimentario conocimiento de nuestro protagonista de ese particular alfabeto le permitió reconocer su propio nombre camuflado entre esos caracteres, codificado fonéticamente. HULIAN VASTORGA KAMPOS, así como el de su compañero.

Después de entregar los recibos, firmar las libretas, comprobaron y verificaron los datos en el pasaporte. Fechas bien, número bien, nombre bien, en cirílico pero bien.

Habían pasado menos de cinco minutos y el trámite había finalizado. No hubo duelo sobre un volcán de lava ardiente para reclamar las visas, ni tener que mendigar por una visa. Vini, Vidi, Vinci. Al mejor estilo de Julio César. Vinieron, vieron, y vencieron.

Se fueron de ahí, uno confió al otro el pasaporte para safekeeping, y discutieron últimos detalles, en realidad sintiéndose ambos más del otro lado del charco que de este.

Goodbye, San Ramón

En la Embajada Rusa, Acto III