Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Rites of Passage

Me había bajado del bus. (Los que conozcan mi casa, o más bien el trayecto desde la parada hasta mi casa posiblemente podrán imaginar la geografía). Caminaba cuesta abajo, sobre el asfalto, por el extremo izquierdo de la calle, como es mi hábito siempre que camino por las calles del barrio.

Venía de una breve noche de cerveza y tragos. No era tarde, aún había podido tomar el bus público que recorre el trayecto desde la capital hacia la ignominia que el destino bautizó San Ramón de Tres Ríos (nombre falaz, pues ningún Ramón fue Santo ahí, ni son tres los ríos, ni son ríos los Ríos)

Caminaba y veía como mi sombra se extendía frente de mí, larga, y enérgica arrastrandose frente a mí, como una perpetua alfombra negra que debe predecir mis pasos. Según el ritmo de mis pasos la sombra se encogía, hasta que se reducía a nada y luego se barría hacia atrás.

Juegos ópticos de postes y distancias, fuentes de luz y ángulos, sombras y semi-sombras. Técnicamente proyectaba yo múltiples sombras (¿Infinitas tal vez?) sólo que sólo una era más visibles que las demás, la que de repente aparecía frente mí, luego era barrida detrás de mí y luego repetía este juego.

Mejor dejo hasta aquí esta divagación, pues no es con ella con que debí iniciar este artículo. Estoy empezando por el final y me arrepiento de ello, creo que mejor inicio de nuevo.

Desperté temprano con una clara idea de cómo proceder. Alisté el calentador. Desayuné algo ligero. Di aviso y desperté a mi madre y hermana. Revisé la ropa que había dejado lista la noche anterior. Armado con paño me fui a bañar. Un habitual ritual matutino.

Tras la ducha revisé la hora y estaba satisfecho de que todo marchaba con la diligencia digna de un inglés. Luego inició el ritual de vestirme para la ocasión. (Era 14 de Octubre, y a las 10 de la mañana iniciaba mi acto de graduación, la culminación de mi travesía por el Bachillerato de las Ciencias de la Computación e Informática).

Mientras me vestía, me imaginaba las posibles y diferentes formas que ha tomado ese ritual de vestirse en la historia. Mientras abotonaba la camisa, imaginaba las cotas de mallas y las armaduras, mientras ataba el nudo Windsor imaginaba los hábitos de sacerdotes egipcios amarrandose la piel de Leopardo. Todo tenía un orden. Y el orden se había seguido. Estaba listo para ir a mi graduación.

Para quienes nunca vayan a participar o hayan participado en una graduación de la UCR, cabe una explicación, una justificación o aclaración. Pues ahí fue donde de pronto hubo una ruptura con el orden. Después de la ceremonia existió el congratulatorio almuerzo familiar, el ritual de orgullo, de alegría y satisfacción. Tal vez tan sincero que resultara increíble. Luego la tarde donde se quedaban olvidadas las ropas de gala ceremoniosa y volvían los jeans y las t-shirts. Luego la noche con los amigos, las promos de Imperial que se extendían sobre la mesa, los nachos y el chifrijo, tarjetazos y rondas de tequila y finalmente el regreso a casa con que inicie.

En mi presente no-linearidad he evitado por el momento hablar de lo acontecido entre 9:30 y 11:30 en el Auditorio de Derecho. Hasta ahora. En sí llegar al lugar inicia una fase de reconocimiento mutuo, descubrir amigos y colegas tal vez perdidos al cabo de los meses, intercambiar palabras vagas, estrenar el arsenal de chistes sobre andar vestidos como pingüinos, reirse de las aparencias mantenidas y tal vez recordar un chiste añejo. Todo esto mientras el orden de la graduación tomaba su forma estricamente burocrática. Filas y firmas. Ausencias y gritos.

Luego el desfile de entrada, aplausos y flashes. Sentarse. Oir palabras falsamente conmovedoras y autopromotoras, discursos y discursillos de gentes y gentecillas. Guitarrerías e himnos. La Juramentación. ¡Sí, Juro!Luego el desfile triunfal. La vuelta olímpica en un subir y bajar de gradas, estrechar manos sudadas por tantas felicitaciones, la vicerrectora debe tener un callo en la mejilla pensé, más flashes. Un ritual.

Un ritual cuidadosamente pulido por la monotonía de los años. No para elevar la imagen de la universidad, ni para promover el orgullo familiar de padres y allegados, tampoco para hacer romper en llanto a Yuri, la novia de quien diera el discurso por parte de los estudiantes y quien hizo hincapié en lo importante que fue ella para él. (Aunque a mí, como estudiante representado por ese imbécil me valiera un bledo). El ritual era otra cosa, todo el teatro en el auditorio de derecho, tenía un peso imaginario que hasta ahora empiezo a comprender.

No se trata de la entrega del título, ni de la juramentación. Se trata de que es un hecho que en algún momento colgó en mi futuro como algo en lo que debía participar, y para ello necesitaba prepararme, aunque fuera solo con las banalidades de encorbatarme y suit up. En sí la ceremonia fue adormecedora e innecesaria. Algo que se te graba en el cerebro. Luego, en la tarde y en la noche fue un recuerdo de algo importante que no terminaba de tomar forma.

Ese es el verdadero propósito del Acto de Graduación: convertirse en una embriaguez que perdura. Uno cree atravesar una puerta, distinguir un antes y después que se diferencia en la tenencia de un diploma en un estuche, pero no es eso, se trata de dejarse llevar y preocupar por la ceremonia para no distnguir el ligero despertar en el fondo.

Muchas culturas indígenas efectúan ritos de paso que consisten en beber alguna sustancia halucinógena, que tras el vértigo los hará despertar en un nuevo estado, uno de adultez. Hoy a los tres días de mi graduación creo que por fin dilucido mi nuevo estado, ya queda atrás la embriaguez de los ritos de paso universitario. Ya no soy solo un estudiante, sino soy un titulado. Un Bachiller.

El recuento no lineal ha sido para eso, la caminata nocturna y breve fue necesaria, en el fondo de mi mente me preocupaba estar discurriendo sobre sombras y pasos cuando debería haber estado digiriendo los sucesos de horas atrás, ahora comprendo que no los podía digerir si no los había terminado de tragar.

En la Embajada Rusa, Acto I

Lluvia