Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Adieu à Paris

Paris fue una escala corta en nuestro viaje, efecto que se vio acentuado, por la cantidad excesiva de lugares por ver, y cosas por hacer que simplemente quedaron fuera de nuestras posibilidades reales dentro del tiempo que permanecimos en la Ciudad de la Luz (otra cosa es que aunque tuvimos tiempo, no dejaba de ser necesario descansar, y huirle al frío de la manera más tradicional posible: refugiandose en el Hôtel).

Sin embargo, amparados por la Buena Fortuna, la Predestinación (o para aquellos que quieran llamarlo de otra forma: Dios, o la Teoría del Caos) vimos lo que había que ver, y cumplimos una serie de clichés necesarios, además de tener encuentros fortuitos y afortunados, pero sobre ello volveremos después.

Es necesario decir que nuestro hotel (por cosas del destino, y de la gran cantidad de turistas y de mi irresponsabilidad y prolongación indefinida de reservaciones adelantadas nos quedamos sin la posibilidad de ir a un hostal) estaba ubicado a una pedrada de la Iglesia del Sagrado Corazón (sí la de Amélie) en el barrio parisino de Montmartre, conocidos por sus artistas y por ser el hogar de la zona roja (hecho que descubririamos muy tarde, digo... erm... a esas partes no vamos nosotros).

Nuestro primer día, fue frío, llegamos con escasas horas de sueño provenientes de Poitiers, dejamos las valijas con la intención de explorar, conseguir comida, seguir viendo, comer, urgía comer, mae, dónde está algún café, mae, está muy caro, mae, ocupo un sandwich, mae, que hambre, y que frío, jueputa frío, sí mae, rajado, y que tigra, no dormí nada, pero tengo más hambre, mae al fin, ahí hay sandwiches.

Después de nuestro improvisado desayuno, deglutido en la Place d'Anvers, mientras al mejor estilo de Napoleón y sus Generales abríamos el mapa sobre un banca trazando líneas imaginarias de recorridos, expediciones: toda una campaña.

Al igual que a Napoleón, nos derrotó el frío y la logística, y tuvimos que huir a nuestra base a esperar que la habitación estuviera lista (no sin antes roncar en la recepción mientras esperábamos), para luego recuperar energías y explorar París de noche.

Vimos el Louvre (por fuera) de noche, las Pirámides, divagamos entre el Sena y el 1ere Arrondissement, buscando, descubriendo, maldiciendo a las deidades porque no había ningún lugar dónde comer por un precio aceptable. (Long story short, y lo que es posiblemente un insulto a la gastronomía francesa, terminamos en McDo).

Cerramos la noche con unas cervezas en Montmartre, planeando por adelantado el Grand Tour el día siguiente.

Nos levantamos tarde para variar, el desayuno no era más que un recuerdo en las mesas del restaurante del Hotel, decidimos no perder la cabeza por eso, y buscamos entre las callejas cercanas una panadería o un café, encontramos ambos y en ambos -al menos yo- terminé comprando algo de comer (genial decisión porque la comida me habría rendir por un buen rato). No comimos de inmediato, porque preferimos optimizar el tiempo.

Nos montamos en la línea 2, de Anvers a Étoile, salir a la calle, balbucearle algo a Jose, espantar un par de gitanas que indagaban si hablábamos inglés para pedir plata. Pero no importaba, porque ahí estaba el Arco. el Arco del Triunfo y ahí estábamos nosotros con Flashes desenvainados, tomándonos las fotos estándar.

Después de esa sesión fotográfica, nos trasladamos al plato fuerto del día, caminamos por Kléber, vimos cafés sobrevaluados y un Ferrari Store, pero luego llegamos a la explanada de Trocadéro y la primera gran vista sobre la Torre Eiffel. (imagen que habría dejar atónito a José), mae pero que grande, que cool, que grande, todo en el ambiente de negros vendiendo réplicas de la Torre a 1 Euro o algo así. O llaveros, o cualquier tipo de cosa innecesaria que algún loco comprará.

Está de más decir que hicimos la larga fila (durante la cual nos comimos nuestros desayunos) y subimos por el Pilier Nord a la Torre (en elevador, después de Roma, nunca más subir gradas).

Allá arriba (solo hasta el segundo nivel, el tercero estaba cerrado), compramos souvenirs caros, tomamos un chocolate caliente sobrevaluado y tomamos más fotos clichés, demoramos nuestro tiempo (pero todo el timing de ese día fue justo y perfecto, como veremos después).

Salimos de la Torre, cuando el Sol se manifestó por vez primera entre el edredón de nubes que cubría el cielo. Tuvimos así buena luz para las úlitmas fotos de la Tour Eiffel mientras nos alejábamos caminando por los Campos de Marte, Monumento de la Paz y la Academia Militar. Luego agarrar la diagonal hacia el Hôtel des Invalides, comentar la Tumba de Napoleón, y tomarnos fotos con cañones o tanques, y luego caminar hacia el Sena cruzar el Puente Alejandro III, pasar entre el Grand y el Petit Palais y luego los Champs Elisées, donde el encuentro más bizarro de nuestro viajes iba a tener lugar.

En Roma, una semana atrás, habíamos conocido a un par de hermanas brasileras en un Eurotrip similar al nuestro: nos habíamos visto en Roma y habíamos acordado un encuentro en Firenze, día en el cual vimos la ciudad; mientras nosotros desaparecíamos hacia el Twilight Zone en Poitiers, ellas irían a Barcelona, pero volveríamos a coincidir en Paris. Por cuestiones de la vida (aka Communication Breakdown) no habíamos podido acordar un encuentro en Paris para ver la ciudad, (un reprise del día en la Toscana).

Pero ahí, entre la cantidad de gente que abarrotaba los Campos Elíseos, en medio de los niños, las familias, y los amantes que pululaban entre las tiendas del Mercado de Navidad, ahí, justo ahí entre una tienda de Matrioshkas importadas y caras, y otro de Crepas de Nutella, ahí sentí alguien jalarme del brazo, y sonreír, y de repente, nuestra memoria volvío a poner en nuestra boca el nombre de una de las Brasileñas, y como absortos en la coincidencia, solo atinamos a hablar paja, extrañados por el encuentro, porlos juegos del azar, por la ridiculez de las probabilidades.

Tal vez el encuentro, por su naturaleza debió haber sido el preludio de una tarde juntos, o al menos salir en la noche, pero entre la Logística de las Brasileras (que ni siquiera estaban quedándose a dormir en el Centro de Paris, sino a un RERazo de distancia) y el Celular de Jose (que nunca comprendimos como funca) no fue posible coordinar nada después, por lo que solo nos queda la anécodta del encuentro Elíseo, Cortazariano e imposible.

En un arrebato de interés, decidimos entrar al Louvre y ver lo que había que ver en el menor tiempo posible, poniendo mis dotes de cartógrafo a funcionar, esbocé una ruta por medio de la cual podríamos navegar entre la mayor cantidad de obras signifcativas en el menor tiempo posible.

Así, nuestros zapatos chillando sobre el piso resplandeciente y encerado del Louvre recorrimos las galerías de artistas italianos para ver la Gioconda (aka Mona Lisa), las galerías de Arte Griega para ver la Venus de Milo y la Victoria de Samotracia, para ver luego pintores franceses, tomando fotos aquí y allá de obras maestras que estaban en ruta, ver los Dürers y los Rubens, y luego el Código Hammurabi, los demonios Mesopotamios de miles de años de antigüedad, bronces franceses y salir; todo en cuestión de una hora.

Luego la caminata (que sentí interminable) hacia Notredame, tomarse las fotos de rigor, nuevamente, y entrar. Solo con entrar se percibe ese aroma a catedral cristiana, el olor de velas que se consumen lentamente, de incienso que emana desde algún lugar invisible, aroma de respiración de docenas de personas que susurran o rezan. Y sí, había misa, y mientras caminabamos cerca de las capillas laterales, en la nave central se oía al padre recitar el Padre Nuestro en francés, repartiendo bendiciones francófonas y expiando culpas galas.

Pronto salimos y desaparecimos en el RER hacia la Gare de Nord, donde compramos provisiones para la noche (entiéndase un Vino y un sacacorchos); nos perdimos en la estación, y yo me quedé encerrado en ella a falta de un tiquete de Metro que funcionara (para salir de un sector era necesario un tiquete válido).

Finalmente, logramos salir, abordar nuestro metro y volver a Montmartre, pero no al hotel (por el momento), primero era necesario ir por Souvenirs, invertir en sonrisas (por no decir que gastar Euros); después sí, al Hotel, donde el vino desaparecía conforme mis maletas volvía a rebarajarse para acomodar mejor el peso y los artículos adquiridos, habría cosas que salieron de Costa Rica que no volverán, sino que habrán adquirido una nueva nacionalidad europea. (que fácil es imigrar para los objetos inanimados).

Luego salimos, a tomarnos la última foto de rigor: El Moulin Rouge, divagamos por el metro y fuimos a la Plaza Blanca, vimos el Molino, hicimos los chistes y comentarios del caso y luego caminamos por la Zona Roja, divierténdonos de las mil y una ofertas de Night Clubs (come in, student discount!) (habla español!, buen show), todo esto en antros con nombres como "Hot Pussy's"  o "Sexodrome" o cosas por el estilo).

Pero todo eso quedó atrás, como quedó atrás la Gare du Nord, porque nuestro Thalys (con Wifi que no utilizo porque está muy cara) corre a toda velocidad a Bruselas que nos espera con deliciosas cervezas y chocolates a nuestra disposición. Hasta entonces...

Bye Bye Bruselas

Where Were We?