Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Chez Le Coiffeur

Mudo, sí, como quien no quiere responder, buscando en el silencio una respuesta ante la previsible pregunta de qué quiere uno, cómo lo quiere, en fin: a qué vino. No soy, ni seré -creo-, de esos que van a ojear revistas y decir 'así quiero mi pelo', ni tampoco de los que llega con una idea premeditada de cómo deseo que se vea; es algo mucho más simple, más primitivo. Sólamente no quiero que sea vea como está ahora, que esté más corto, que no me estorbe. La vaguedad y la falta de claridad no alteraron al par de manos que sostienen las tijeras y el spray, con un 'bien' que es tanto aprobación como suspiro como desinterés, pronto comenzó a desaparecer mi greña.

Quieto, sí, amarrado a una silla mientras alrededor de uno se escucha el zac, zac, que no es más que el canto de guerra del acero de tijeras. La inmovilidad prevalece en parte por esa temerosa fascinación que existe cuando alguien más manipula objetos filosos tan cerca de uno, por otra parte los ojos propios están fijos sobre ese monstruoso espejo invertidor que te deja ver como navajas, peines y tijeras se conjugan en una sinfonía metálica que hace llover centenar de hilos cafés sobre el suelo de mosaicos.

Calmado, sí, como un arquitecto que revisa el trabajo de los artesanos y obreros, con mirada analítica y una mano que vagamente comprueba por el tacto lo que los ojos ya han visto. Siento mi pelo, corto, veo la hecatombe capilar a mis pies, que forman un aura café a mi alrededor. Doy las gracias, pago, intercambio palabras aleatorias, algo sobre no dejar que pase otra vez tanto tiempo entre desgreñamientos, pero ya pronto estoy otra vez en las calles, entre el cielo gris con matices rojos de un atardecer tropical nuboso, y las luces tenues e incandescentes de buses y automóviles. Alguno abordaré, no sin antes ser testigo de un retumbo de plástico, metal y vidrio; volver a la patria es volver a ver estas escenas de hombres con bigote y señora con suéter que debaten culpabilidad y arreglan cuentas en medio de la calle de San Pedro.

Confuso, sí, como un gato o un bebé que ven su reflejo en el espejo sin saber que se trata de ellos mismos, y según su humor atacan o sonríen. Luego, con la instantánea sobriedad de la razón, sé que el hombre de pelo corto soy yo; irreconocible sin la greña que ya me había acostumbrado a ver y a maldecir. Tal vez no me lo debí haber cortado tanto.

Cortina Pétrea a Teatro Onírico

Del Principio y Final de un Viaje