Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Del Principio y Final de un Viaje

Para un ingeniero, informático, economista, o cualquier otro engendro que haya sido [ben/mal]decido por alguna instrucción en matemáticas existe una clara disyunción entre una situación definida por números, modelos y construcciónes abstractas que buscan simular un escenario natural, y la realidad, tal cual es.

Tal vez una de las simplificaciones clásicas, es la contraposición de lo discreto, finito, engavetado en las celdas de una hoja Excel y calendario, y lo continuo, infinitesimal, evasivo como recuerdos y resacas.

El primero es infinitamente pragmático, sería decir que mi viaje inició el Lunes 3 de Noviembre por la mañana, a las siete y veintiocho, cuando el Taxi Naranja se detuvo frente a mi casa y concluyó con el abrazo de mi madre y hermana y la despedida de mi compañero de viaje hoy -4 de diciembre- a las siete y catorce de la mañana.

El segundo es mucho más subjetivo, según ella el viaje pudo haber iniciado el día que surgió la idea por primera vez, o cuando tomó fuerza, o cuando se compraron los tiquetes, tal vez fuera real el viaje como un inicio cuando pisamos tierra al otro lado del charco, o cuando se sintiera esa sensación de vértigo y de desubicación al llegar a una ciudad foránea, a un Moscú impenetrable donde solo a tientas se puede descubrir sus secretos. Tal vez -podrían argumentar los más filosóficos- el viaje solo puede comenzar cuando haya terminado, cuando lo que se puedan evaluar sean las sensaciones, los cambios, los efectos de ese intenso mes de vagar con rumbo en tierras ajenas, viviendo estilos de vida ajenos, siendo romanos en Roma.

Lo mismo aplica para el final del viaje, que algunos podrían -pesimistamente- sostener que un viaje termina desde que inicia, que cada metro que dábamos en las callejuelas de Praga era un metro que nos acercaba cada vez más a San José.

Otros dirán que el final aun no llega, que el viaje se prolonga todavía durante las primeras horas y días después de llegar a la patria o al hogar. Existen esos momentos en los que uno busca desesperadamente por las ventanas algo que haya cambiado, algo que manifiesta el distanciamente entre viajante y terruño; porque el viajero necesita también ver su ciudad con un ojo extraño, como la primera vuelta superficial que da por una ciudad que recién conoce.

Sean casas que hayan desaparecido o condominios que hayan sido conjurados desde el subsuelo, cualquier mínimo cambio en el maquillaje urbano es suficiente para hacer un comentario y volver a hacer valer la carta del alejamiento, de las cosas que cambian en solo un mes, pues claro y no solo aqui San José, también cae la avalancha de chismes rezagados que el viajero redescubre al mismo paso que vuelve a la vieja piel de local, más cómoda que el abrigo de invierno negro y la sueta de lana, pero sin la misma dosis de emoción, de saber que el traje de invierno es el requisito clave para seguir explorando los lugares que no son casa, que no son una avalancha de chismes, o cambios mínimos en un paisaje cuyo recuerdo se reinventa como realidad interrumpida.

La interrupción -para cerrar el círculo- es una perspectiva fríamente discreta, lógica y abstracta, pues se definirá esta ruptura como un intervalo entre el final de un viaje y el inicio de un otro cualquiera; tal vez desde una óptica continua no haya final, ni inicio, sino simplemente una correlación, donde un viaje anterior es simplemente un factor más que afecta un viaje posterior; como recuerdos que se acumulan, como haber visto algunas ciudades múltilples ocasiones y siempre descubriendo algo nuevo en ellas y sabiendo que ni en mil vidas, se podrán llegar a conocer desde la fugaz óptica de un viajero.

Chez Le Coiffeur

Bye Bye Bruselas