Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

La Lógica De Los Sueños

Estoy en el Aeropuerto de Orlando. Mi avión se ha retrasado. No saldrá a las 2:50 pm, sino, que por atraso, saldrá a las 3:30 p.m. A mi izquierda está mi hermana, lee un libro de Agatha Christie y trata de ignorar, al igual que yo la sensación inevitable de calor. (Viajamos a Europa y hemos decidido llevar puestos al menos un abrigo, para evitar enredos al llegar. Para la Europa invernal un buen abrigo es un artículo indispensable del viaje, sin embargo aquí en Florida Central sólo es una capa calorífica más, y sumamente indeseada). A mi derecha está una estación de recarga eléctrica, ahí está enchufado el adaptador de corriente alterna de la computadora. Bajo el adaptador está mi libreta de viaje. Más allá hay un hombre calvo en cuya cara se dibujan las primeras arrugas disimuladas por el impacto visual de su frondoso bigote blanco, porta anteojos y tiene conectado al centro de recarga su computadora portátil, sobre la mesita del centro de recarga tiene un celular y un libro. La escena alrededor tiene poca importancia, familias y pasajeros que siguen sus propias agendas. Conversan entre sí, o se aíslan, amurallándose detrás de las plegables pantallas de las laptops, o se absorben en sus ipods.

Estoy en el Metro de París, o más bien en el RER, voy caminando entre vagones junto a dos acompañantes, hablamos en español, y discutimos sobre nuestro nivel de francés. Siento alguna preocupación porque yo sé que mi nivel no está al nivel de mis colegas. Ellas también lo saben, pero lo ignoran o no le dan importancia, o al menos esa es la percepción que tengo. Pronto salimos de la estación, o llegamos de alguna forma a un edificio de una típica arquitectura de postguerra. Alto y de concreto, lleno de habitaciones pequeñas y grises, con mobiliario de metal y plásticos, con algunos acabados cromados. Hay un par de mesas, en las cuales tomamos asiento. Hay una cerveza a media acabar sobre la mesa y un charco en el suelo, alguien se disculpa por el caos; ese alguien, un supervisor, nos encarga la elaboración de un informe en francés. Pronto comenzamos a trabajar, hasta que una de mis acompañantes se excusa para ir al baño.

El primer párrafo es un relato real, es una descripción de lo que veo a mi entorno, tan real como la alfombra verde a mis pies, real como los trabajos en progreso aquí en la terminal A de Orlando. El segundo párrafo es un sueño, lo creó mi mente en horas de la madrugada, entre las cuatro y las cinco. Es una imagen ficticia, pero me sorprende que sea más cercana al embuste que a la imaginación. Se trata al fin y al cabo de un relato que podría ser real, he omitido algunos detalles que son personales, pero ninguno que rompiera con el ambiente tan real de ese sueño. Parecía una cinematografía cuidadosamente elaborada, es más, ese sueño parisino ha sido más real que las ilusiones fabricadas por simuladores en Orlando, pues en esos instantes que siguen al abrir de ojos dudé entre la realidad y el sueño. Quise -lo admito y no lo explico- que el sueño fuera realidad, estar en París en buena compañía haciendo un informe, que de repente encontrarme en Orlando con una larga jornada aeropuertaria por delante.

Termino tal vez con uno de los pensamientos más añejos de la humanidad, que no es otro sino la simple conclusión que la barrera entre los sueños y la realidad es muy frágil, y es fácil confundirse y pasar de uno a otro. De la cordura a la locura, de la realidad a la ficción. La vida es sueño.

Aconteceres de Aeropuerto

Solar Flare