Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Un Josefino en Budapest

Tomé el tren de las 17:24 en la Gare de L'Est, corría con el habitual cuarto de hora de atraso que he venido a encontrar harto común en los trenes alemanes últimamente. A las pocas horas, sin embargo habría llegado a mi primera escala la estación de Mannheim am Neckar; era ya de noche, el frío viento de invierno golpeaba sobre los andenes mientras yo desaparecía en el inframundo de la estación.

Sin prisa, pero con paso seguro y ágil dejé atrás las escaleras electrícas y atravése el largo pasaje subterráneo que conecta los múltiples andenes paralelos con el edificio principal de la estación. El sonido de los rodines de la maleta me pisaba los talones conforme evadía a un que otro alemán que volaba descendiendo escaleras tratando de alcanzar algún tren.

Busqué las habituales pizarras amarillas donde están anotados los itinerarios de los trenes, descubrí una confusión respecto al mío, un dato incorrecto, el rumbo al Este trocado por una estación al Oeste. Karlsruhe y no Budapest estaba listado como el destino final del 409 que saldría a las 20:57.

Con calma, mejor nunca agitarse por cosas así, pero con la rapidez que viene de una preocupación como tal subí por otra escalinata en busca del Centro de Información, infaltable en los Hauptbahnhöfe de la Deutsch Bahn, y que tanta falta me hicieron en los austeros antros de la SNCF.

La pizarra negra infaltable en todo tipo de estación giraba las letras y los números reacomodando destinos y andenes. Ahí también mi 409 aparecía con destino a Karlsruhe, a salir por el andén 4. Antes de volver a revolotear en su alegre metamorfosis me pareció leer la partida de algún tren con destino a Moscú Belarusskya. Recuerdos que vuelven.

El hombre del puesto de la información pareció consternado inicialmente, en efecto el 409 tenía como destino final Karlsruhe, aunque luego se corrigió, y descubrió que por un acto de trasvestismo ferroviario el tren asume una nueva identidad y que con esa en efecto transita hasta Budapest.

Siguió pues la larga noche en el tren, dominada primero por lectura, luego por tender la cama de la couchette, luego algo más de lectura, esperar a que los otros huéspedes (una pareja de alemanes que in-familia apodamos como Hansel y Grettel) se acomodaran. Luego muere la luz y se trata de dormir.

Es extraño dormir en un entorno así, porque aunque maldije a medio mundo sobre dormir en un tren nocturno ruso este fue diferente. Me desperté, sí, repetidas veces a lo largo de la noche, principalmente cuando el tren aceleraba o desaceleraba haciendo paradas en estaciones donde nadie bajaría ni subiría; pero dormí, plácidamente por horas de un tirón hasta que la políglota voz del Schaffner empezó a irrumpir en el cuartito repartiendo emparedados y jugos de naranja.

Poco después ya se divisaban por la ventana los rótulos en ese extraño idioma Finno-Úgrico, con abundantesi-griegas, vocales tildadas y sin ninguna semejanza a otra lengua. En todo eso pensaba y también en la historia, en Atila y en la Primavera del 56, en historias medievales de conquista y en Fito Paez. Budapest como un latido, pulsando con mayor intensidad conforme por fin me acercaba.

El tren se detuvo una vez más entre Györ y Budapest Keleti pu, en uno de los arrabales de Budapest hizo una de esas paradas insignifcantes en las que nadie sube ni baja, que le dan oportunidad al viajero de acomodarse en la puerta, esperando descender sobre el andén que no llega lo suficientemente rápido. Budapest Kelenföld quedaba atrás.

Sonó por última vez la voz del conductor, anunciaba en húngaro y en alemán la llegada por fin a Budapest Keleti; nadie le ponía atención, ya todos estaban al tanto que llegaban por fin a la capital húngara, a una de las joyas del Danubio.

El andén se materializó del lado izquierdo del tren, bajaron los primeros impacientes que se desvanecieron entre la multitud de gente que tiraba de sus trolleys, de sus valijas, o cargaban sus múltiples maletines. Todo parte del infinito teatro de pasajeros en tránsito. Bajé con la mía, detrás de mí mi madre y hermana me seguían.

Cuando el andén se une a la planta de la terminal me detuve un instante para volver a encontrarme con Keleti, donde hace casi dos años casi quedé paralizado por lo foráneo que me resultaba, lo ajeno y sucio y el escalofrío que me subió la espalda. Esta vez vi la estación como cualquier otra, aun en una lengua extraña pero amigable. Hermosa.

Busqué, en atención a mis capitalistas necesidades, un cajero automático. Esa pequeña maravilla de la tecnología mordió en su ranura que es boca la pequeña tarjeta plástica fabricada, etiquetada y magnetizada en un país distante, envió por medio de alguna conexión de alta velocidad la información necesaria a algún otro servidor en una parte del mundo que nunca descubriré y servilmente me escupió de vuelta la tarjeta y un puñado de billetes de denominaciones altas de Forintos. Muchos ceros, parecen colones.

En la oficina de Turismo un húngaro, de esos estereotípicos que parecen todos jugadores de ajedrez, informáticos o solitarios me dio un mapa de la ciudad y con un buen inglés me explicó dónde se encontraba la entrada al Metro 2. Era todo lo que necesitaba saber, le agradecí y sobre mis talones giré como un soldado para iniciar la marcha al hotel.

Salir de la estación, jalar maletas, bajar gradas, comprar tiquetes, abordar y cambiar metros, comentar estilos, ver húngaras pasar en sus abrigos de inviernos, girar como un ratón en un laberinto buscando una salida del metro que sea la correcta y recibir ahí la ayuda inesperada pero agradecida de una señora mayor que hizo su buena obra del día al enseñarme el camino.

En el hotel la sonrisa cristalina del recepcionista que nos daba la llave de la habitación, y luego entrar al ascensor, dejar la valija e inaugurar el cuarto con el inevitable ritual de dejarse caer, aunque sea un instante, sobre la limpia y bien tendida cama. Dibujar en las sábanas la silueta de un josefino, dejar una impresión costarricense en el maleable lienzo de una blanca cama.

Llegar siginifica desempacar algo, lo necesario, ponerse los lentes de contacto y conectar el cargador del celular, prender el tele solo para ver qué hay en la televisión húngara, ver algunos festejos de año nuevo en Auckland, descifrar una serie en húngaro, descubrir TVE, Pro Sieben o CCTV4 en un país tan extraño.

Finalmente, volver a ponerse sobre los hombros la carga del abrigo de invierno, estrangularse suavemente con la bufanda y encubrir huellas digitales con los lanudos y Therminsulationados guantes. Salir al frío de una ciudad gris en invierno, a menos 7 grados celsius.

Gris, lo digo por su cielo, que parece un manto infinito de concreto, menos colorido que sus edificios pétreos, donde el hierro, la caliza, las areniscas se decoran con detalles de oro, rezagos de una época opulenta olvidada hace un Siglo.

Vaci utca, una de las principales calles de compras se llena de un colorido particular, no solo los escaparates de las tiendas, sino las ventas callejeras esperando el Szilveszter que se llena de vendedores de vino calientes que hacen su agosto vendiendo gorros y cornetas a visitantes y fiesteros.

No todo es riqueza y alegría, existe como siempre, la pobreza, hombres y mujeres que divagan mendigando una moneda para comer, se les ve atrincherados en algunas bocacalles, en las mandíbulas subterráneas de las estaciones de metro, arropados entre numerosas cobijas, todo un triste cuadro que da lástima, que hace extender la mano a la bolsa de atrás del pantalón, sacar un par de piezas de 50 forintos y dejarlas caer a otra mano. Es una caridad simple, pero diferente a habérselos dado tal vez a las bosnias-gitanas que divagan por París como hormigas que preguntan si alguien habla inglés para entregar un panfleto conmiserable. Incluso en la mendicidad hay una diferencia entre lo real y lo ligeramente escenificado.

Digo por eso que se siente en la ciudad un ambiente distinto, muy distinto al que reinaba en París y que me desgastó por completo en unos pocos días. Aquí la gente es más alegre, tal vez más espontánea, tal vez porque no tengan que mantener el nombre de una ciudad como París, aunque tengan -en mi opinión- un paisaje tan bello y romántico como el de aquella.

El Sena palidece ante el esplendor del Danubio con sus puentes, con el Parlamento y el Castillo, los Baños de Gellert, las colinas de Buda de un lado y el alegre ajetreo de Pest en el otro. Esta ciudad melliza tiene algo encantador que no logro descifrar, no logro destilar.

Durante siglos, los magyares -húngaros antiguos- han habitado esta región, Budapest, o Buda más bien, fue fundadada hace poco más de un Milenio y este pueblo ha sobrevivido aquí durante todo ese tiempo; ellos dicen que en este tiempo han ido y venido todo tipo de invasores y conquistadores, y que los húngaros han aprendido a tomar lo mejor de ellos e incorporarlo en su estilo, en su forma de vida.

Creo que es eso, esa apertura hacia recibir extranjeros con curiosidad y alegría la que le da a la ciudad un aire agradable que se fortalece por su belleza escénica. Es eso creo lo que me hizo volver a Budapest y que sé que me hará volver en el futuro, verla en un fulgor veraniego en la amarilla llamarada del Otoño.

Feliz Año Nuevo

The Day The Tube Stood Still