Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Me gustaría decir que un aeropuerto es un lugar extraño, me gustaría poder llamarlo una burbuja, pero eso me suena mucho a un cliché, quisiera poder compararlo a un hormiguero o una colmena, pero aquí no existe esa monarquía hexápoda que le da órdenes a zánganos.

Eso no quiere decir que no haya un orden, porque sí lo hay. Es un tipo de orden semajante al de un juego de mesa. Donde nadie duda en lo absoluto que en Monopoly hay que avanzar en un sentido, o que en tantos otros juegos hay que seguir hasta un destino, una meta, un extremo del tablero.

Las rutas que siguen las piezas en esos tableros no son lineales, ni sinoidales, ni son iguales entre sí; la maravillosa ruta que una sola persona puede recorrer entre los pisos relucientes de un aeropuerto subiendo escaleras y bajando por serpientes es impredecible. Hay puntos fijos como pasar por seguridad o abordar el avión, pero entre ellos cada persona es libre de divagar en un ambiente cerrado, controlado.

Es por eso, creo, que observar gente en el aeropuerto resulta tan entretenido. En un instante se ve al ejecutivo, con su pequeña valija de cuero que hace juego con un portafolio que camina hacia la cabeza de la gente que espera el abordaje de un avión. También se puede espiar sobre la familia que carga una cantidad irregular y posiblemente ilegal de equipaje de mano, que parecen salidos de una soñada caravana oriental con ropajes y trapos de todo color y textura.

Otros viajan ligeros, en sandalias y pantalones cortos, como si ir en avión fuera ir simplemente al parque o al jardín. Otros llevan en sus caras la marcas del cansancio, de más horas de viaje que las que quieran recordar. Estos se dejan caer como sacos de trigos en un granero, acomodados por el azar y la gravedad. Adornados por un pulóver que sirve de cobija y almohada y les da esperanza de una cama cálida que en alguna latitud los espera.

De vez en cuando se ve también el ligero trote de un can, peludo y molesto, que a toda velocidad divaga de un lado a otro. Se cruza en su camino, pero sin cruzar la mirada con la señora miope que parece llevar su tiquete de abordaje como una venda ante sus ojos, corroborando letras y nomenclaturas que en los más profundo la deben hacer sentirse perdida en un laberinto de metal y vidrio.

Un porcentaje considerable, entre los que me cuento, nos atrincheramos detrás del comfort electrónico de una computadora, desde detrás de la pantalla solo queremos ser parte de la escenografía, sustraernos a las divagaciones innecesarias sobre el piso de piedra pulida, encerada y desinfectada.

Pronto, sin embargo, nuestra dependencia a la electricidad nos hace acumularnos en torno a los centros de carga eléctrica. Aquí nos convertimos en una extraña población, una gusanera deambulante que permanece junta por el momento antes de volverse a disolver conforme las horas de partida se acerquen.

Ahí seguirán pasando todas las gentes y gentecillas del aeropuerto, el grupo de mujeres (Cheerleader Effect) que va de un lado a otro, en sus buzos que parecen piyamas, errando en busca de cuatro asientos juntos; pasa la mujer elegante que parecen haber descendido de un vuelo parisino o milanés y que se sienta sola para permanecer sola, aislada por esa aura de sofisticación que repele a los estadounidenses que la rodean.

Pasan hombres que llevan el pasaporte en la boca como un perro leal que lleva el periódico a su amo, y otros que lo andan en la bolsa de atrás del pantalón y nerviosamente revisan regularmente que no se haya caído. Otros juegan juegos, sean cartas o dominós; o el juego más entretenido que es el que yo mismo juego, el de observar con la fija y sutil perversión de un voyeur cómo se mueven las personas en un aeropuerto. Buscando patrones y siguiendo itinerarios, adivinando destinos e inventando historias.

Cajas de Zapato

Sobre el Atlántico en el 21F