Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Los abismos del Aburrimiento

Prendí el tele. No más lo hice, supe que era un error. Nunca, me repetí, nunca se prende el tele en la mañana. Julián, Idiota, apáguelo pronto.

Era tarde, demasiado tarde. Las pupilas ya se habían dejado atrapar por colores y formas, la ligera música de fondo, las voces, ya entraban en mis oídos, en un segundo me había dejado hipnotizar. La voz de alarma enmudecía. ¡Julián no! Otra voz que no era mía estalló en la habitación.

-Estas manos. ¡Estas manos!, enfatizó, destruyeron la vida de doña Zulema.

La voz del televisor, era clara, forzada, sobreactuada. La mueca parecía desgarrar la cara del protagonista que levantaba su manos a la altura de la cara, poniéndolas en evidencia para expiar su culpa.

El hombre torcía su cabeza para enfrentar al padre. (Infaltable elemento del relato) Ante él reconocería su culpa, admitiría la penitencia que le correspondía. 

El padre, le respondió con convicción, con un énfasis sobrenatural que tal vez exhiban sólo los más carismáticos oradores en sus discursos. (El Padre de la Telenovela, en la misma categoría de Hitler y Martin Luther King Jr.). El padre sostenía que era un buen médico, habló de sus virtudes como si se las contara a otra persona.

En medio de la acalorada discusión entre padre e hijo, con el orgullo paternal contrapuesto a la penitencia filial se corta la escena en medio de alguna reveladora noticia del hijo.

Inicia por fin la ventana caleidoscópica de mercadeo y productos innecesarios. En ese instante la mente, liberada oportunamente de la dictadura de la estupidez acierta a dar la orden necesaria y suficiente para que el pulgar derecho oprima el botón rojo en la esquina superior derecha del control remoto.

Con un suspiro la pantalla muere y se calla el ligero zumbido del cañón de electrones que me apuntaba directamente al lóbulo frontal. Se interrumpió hacia la lobotomía a distancia, ejecutada por un elenco de actores mediocres y de escritores indignos. Fui libre. El control remoto voló, por encima del escritorio antes de alunizar suavemente en el sofá.

Me detuve a pensar (como si pensar sirviera para expiar los breves instantes en los que me dejé atrapar por la telenovela), cavilé por algunos minutos sobre la fascinación por la receta simple de las novelas. Por el drama sin trama, las aventuras de gente que de inicio a final son las mismas, la pobre niña bueno, el muchacho honesto, la diabólica intrigante, la buena vieja abuela, las confiables o engañosas domésticas, el patriarca y su apuesto hijo. Los niños inocentes y esenciales. Todos iguales de principio a fin, sólo sus circunstancias cambian, de la miseria a los lujos, de la soledad a la felicidad perenne. Las circunstancias son consecuencias del destino, de la persistencia, como si se tratara de un premio merecido, por haberse enfrentado a decenas de problemas, a obstáculos aparentemente infranqueables como la maldad y la desidia familiar.

Existe, creo, un profundo sentimiento de autosabotaje. Creo que todos saben que detenerse a ver telenovelas es en si un acto de destrucción, es desperdiciar el escaso y precioso tiempo en eso y en parte es una catarsis, un lujo desperdiciar el tiempo en algo que no es ni productivo ni útil, ni interesante ni enriquecedor (o sea, para eso mejor tener un blog).

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