Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

La Mujer Gorda Que Compraba Embutidos

Creo que de la mayoría de gente que conozco, tengo algún tipo de anécdota de supermercado. Algunas, tratan sobre los encuentros con las fútiles luminarias nacionales, futbolistas arropados con una falsa modestia y una sonrisa de poster-boy con las que posan ante las cámaras de celulares satisfaciendo los deseos de sus admiradores excitados por el fortuito encuentro casual. Otras, caras (supuestamente) conocidas del mundo de la televisión parecen estar plantando evidencia, escogiendo, cuidadosamente, los productos a agregar a sus carritos de compras. Pocas veces son artículos necesarios, sino son excentricidades, con las cuales puedan hacer algún comentario y ahí camuflar el descarado autobombo.

La mayoría de la gente, sin embargo, que va al supermercado somos mortales. Hombres, mujeres, jóvenes y niños que deambulan tratando de pronosticar sus antojos y necesidades por la próxima semana, quincena, o mes. ¿Tendré suficiente nutella? ¿Toca comprar champú? ¿Quiero comer pescado esta semana? La lista de compras es un artefacto opcional, pues ella sirve solo para suplir existencias agotadas, es principalmente un testamento de lo que se comió en la semana. Si aparece ahí el tarro de mantequilla, es porque alguien quiso servirse y lo encontró casi vacío. La última papa pelada ciertamente habrá motivado a la misma mano que la desnudó de su corteza tuberculosa a anotar el par de kilos de papa en la lista.

Para los que vamos sin lista en mano, ni en mente divagar por los pasillos del supermercado es una cuestión de divagación y antojo. Por momentos también se trata de una práctica de justicia. En un tribunal elegantemente acomodado en repisas y góndolas diferentes productos esperan mi sentencia, saber qué marca hará el viaje en bolsa plástica hasta mi casa. Escucho argumentos, el precio aquí, la marca allá, es importado o no, qué he oído de él. Eventualmente –y en más de una ocasión por simple cosa del azar- mi mano se alarga y en una pronta sucesión pasa de repisa a mano y al coche, esperando revelar sus secretos codificados en barras ante el ojo rojo.

En sí la experiencia de un supermercado es gozar de cierta independencia, donde cada quién elige sus productos. Sin ayuda ni intermedio de nadie más. En las viejas pulperías (ya casi extintas) aun había que someterse al pulpero, a los limitados productos, a ser partícipe en las compras ajenas. He visto a la chiquilla de la esquina que con cierta timidez le pide al pulpero las toallas sanitarias y con su cara cada vez más roja le dice que las que trajo no eran, que ocupaba las otras. El pobre pulpero, visiblemente confundido por productos cuya diferencia no entiende, soluciona todo diciendo ‘ah las azules’ y tras recibir el pago a cambio atiende al siguiente cliente. La chiquilla en cambio, sin contar el vuelto agarra sus compra a medio camulfar en la bolseja plástica y huye, avergonzada por descubrir que otra gente habái sido partícipe de su transacción. He visto también a los niños que juguetonamente seleccionan uno por uno los confites que quieren a cambio del puñado de monedas que con dos manos ponen en el mostrador. Mujeres que compran la natilla del lechero que siempre llega fresquita a la nevera ‘Coca-Cola’ que está detrás del mostrador y alberga todo menos el producto que anuncia. En los super-mega-auto-non-plus-ultra-mercados cada quién escoge para sí casi todo, excepto en el mostrador de la carne y los embutidos.

En la pescadería he visto a hombres con sonrisas en las que falta sólo el diente de oro comprar cantidades obscenas de camarones, también presentes las silueteadas esposas que con un cierto tono de voz que subraya su selectividad piden el más magro corte de carne que es el que tiene menos grasa. Y en la acera de la par, en contradicción a estas mujeres vi a la adiposa venus que aturdió a la empleada del sector de embutidos con sus pedidos.

La mujer era de edad madura y hacía sus pedidos con una voz de connoisseuse que aclaraba su predilección por los embutidos (aunque su nada escasa silueta también enfatizaba esta afinidad). No iba sola, a cada lado de ella estaban sus dos hijas, una veía las lonjas de tocino y jamón, otra levantar la tapa del pequeño globo que albergaba muestras de algún tipo de jamón en promoción. En un soliloquio la mujer repasaba sus compras, la tocineta del desayuno, el jamón de los sánguches de las chiquillas, mano de piedra y jamón de parma, algún poco de queso rebanado, salchichas y salchichones, la indecisión sobre la mortadela con aceitunas que perdió en un duelo particular con el jamón cocido. (Yo observaba obstinado, yo sólo quería mi cuarto de Mortadela Bologna Tega) Por otra parte también me fascinaba el desglose de compras y el exceso de esta mujer, la veía a ellas y a sus hijas poco a poco, rebanada a rebanada destruyéndose un poco más.

En eso descubrí (o imaginé) un tono subyaciente a la voz de la mujer. En medio de su despótica y precisa orden de compra estaba también el reconocimiento de la autodestrucción. Entre todas las personas que deambulan como sísifos empujando cochecitos, nadie más me pareció tan emblemático. La fila de embutidos crecía lenta pero constantemente, atrasada considerablemente por su rehahíla de pedidos, entre cada paquete pesado y sellado que iba a su coche, ella volvía a ver a todos los demás clientes que esperaban por ella. Se le veía en sus ojos que se sentía intimidada y también un poco humillada porque todos fuéramos partícipes de lo que compraba, que la juzgáramos por comprar de forma excesiva. Sin embargo, mientras más gente la veía, mayores eran sus compras, ahora sí le destapó el cristal a la campana que protegía unas escasa muestras que fueran a dar a su boca. Parecía ser un ejercicio exhibicionista de autodestrucción, si me ven que compro mucho, entonces compro más.

Luego se fue, para el alivio de unas cuatro personas que esperábamos, y que la seguimos con la mirada, como con cierto asombro y lástima cuando huyó (con la celeridad de la chiquilla de la pulpería) habiendo dejado un último paquete sobre el mostrador de los embutidos.

Back in the U.(C.)C.R.

Rambling On