Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Close Encounters of the Third Kind

Hay días monótonos, no, en realidad no monótonos, esa palabra no es, sino días, pues, normales. No es una normalidad igual que la normalidad de alguien que trabaje, o alguien que estudie derecho o medicina, son los días normales de un apostático graduado en informática con ínfulas de filólogo clásico. Mi normalidad, entonces, son esos días de lenguas muertas en la mañana y socialización en la tarde, zacatales y sombras, sushis y kebabs, olafos y vagancia. (Bref, lo que no hice en años anteriores).

Cualquier rutina, cualquier pastoral existencia universitaria es sumamente frágil, pues como un relámpago en una tarde soleada, o un aguacero en el primer día de abril, un evento único puede perturbar y alterar sustancialmente esa forma de ser. En mi caso fue la aparente insistencia con la que mi voluntad fue socavada, alterada y confundida hasta el punto de acceder a una entrevista de trabajo. Ese prospecto laboral, anclado con firmeza el día jueves creo que rasgó las fibras del universo para conjurar encuentros de todo tipo.

La mañana fue corriente, levantarme, apagar el despertador y disfrutar de esos cinco (sí, quince, lo confieso) minutos más cobijado por la noción de que me tengo que levantar que me hace agarrar las almohadas con más fuerza como si se pudiesen exprimir sueños de ellas. Seguir después del baño con el ritual matutino de ponerse los ojos, aromatizarse, vestirse, prestidigitar un ínfimo desayuno e ir a la parada, esperar como un tonto en el sol e ir a clases de griego. El profesor llega tarde, yo voy a hablar por teléfono, llega el profe, empezamos a leer, a repetir, a leer, a repetir, intermezzo gramatical y luego más lectura y repetición. Luego, por fin, hay que irse. Y sé que no voy a mi casa, ni voy a quedarme a buscar caras amigables en la universidad.

Debía llegar al cabo de una hora a Ultrapark en La Aurora de Heredia, desde antes ya había planificado mi ruta, el bus de Alajuela, el Real Cariari, de ahí Taxi (para no caminar bajo el sol) y ya. La entrevista vendría después, primero tenía que llegar.

El bus de Alajuela estaba donde siempre está, tomé asiento, encontré, o fui encontrado por un co-computín, en lo que se podría llamar el primero entre muchos encuentros aleatorios de ese día, entre chistes y sandeces llegó la hora de bajarme. Salí del bus: estaba en Real Cariari. Llevaba buen tiempo y mi tripa me sugirió ir a comer. Con tiempo limitado pensé que lo más fácil sería ir directo al McDo y comprarme lo más elemental y universal en existencia, un Big Mac y una Coca. (El cepillo de dientes y la pasta en mi bulto me tranquilizaban, sé que no habría de llegar con mal aliento ni nada).

Entré al antro capitalista. Esperé rapidez y eficacia, calculaba un tiempo de servicio mínimo me llevé una gran decepción: todo el personal estaba distraído. ¿Por qué? Wálter ‘Paté’ Centeno y Celso Borges estaban pidiendo no sé cuántas hamburguesas, las aurinegras empleadas del local les pedían fotos con el celular, el guarda felicitaba el juego y el gol de la noche antes, todos los comensales tímidamente dividían su atención entre las papitas y los ídolos futboleros. Yo quería que me atendieran, quería mi hamburguesa, quería algo para rellenar la tripa. Una cajera me atendió con cierta resignación y desprecio, pues yo era sólamente un cliente normal, no era ningún seleccionado de Costa Rica.

Me dieron mi hamburguesa y la engullí, entre la presión del reloj y el desprecio hacia los dos jugadores en pleno exhibicionismo. (Sí, porque no veo sentido que lleguen en carro, compren la comida para llevar y se vayan… Para eso existe el Auto-Mac, ¿o no?). Este fue el segundo encuentro random y uno que no quería tener.

Dientes lavados, tripa calmada, taxi abordado. Ya estaba en un curso de colisión con mi destino, con la entrevista, primera en toda mi vida. Llegué y esperé, me pasaron a un cuartucho, me entrevistaron, me enfrentaron a mi currículum, indagaron sobre mi alemanosidad formativa, luego we switched to english to test my language skills, which do not need to be perfect, just adequate, then back again to spanish, chatting sobre la vida. Por momentos los roles de entrevistado y entrevistadora se invirtieron por medio de algún conjuro que no identifiqué. Luego un examen de aptitudes lingüísticas (un examen de inglés más fácil que aquellos de Mrs. Bruce en Sexto Grado) y finalmente un interviú técnico con el monigote técnico residente. El tiempo pasó, las preguntas se respondieron ya era hora de irme.

Me encontré con Alejandro en el menos aleatorio de los encuentros del día, hablamos de la vida, de las vidas ajenas y ya luego me fui. (Aunque intenté convocar a Axel su celular no me quiso contestar). Caminé de vuelta hacia Real Cariari, con la intención de cruzar el puente y enTuasarme de vuelta a la Capital. Caminaba por la Radial liberado, tranquilizado después de la entrevista, empujado por el viento y sintiéndome liviano, alegre y feliz. Entré a Real, observé su geografía y bajé (quería ir al MegaSuper –y no no tengo ni quiero Tarjeta Mayorista- a comprarme un fresco). Al final de las gradas, el instante de reconocimiento mutuo, una cara de mis tiempos de colegio que creí que estaba al menos a un océano de distancia. De nuevo saludos, los discursos de mutuo esclarecimiento de vida profesional, el qué hacés acá, cómo te vá, qué estás haciendo, luego la partida, el qué bueno verte, qué vacilón encontrarse así, chao y pura vida. El encuentro más raro del día, el más inesperado.

900 ml de té frío y un bus de Tuasa después llegué a San José, caminé por el bulevar, negué cortés y cortantemente papeles y tenis nuevas. Me fui en el ‘Bluebird’ (otrora buseta) de Barrio Escalante para ir a la U. Junté un mandado de mi madre e iba de camino a su oficina cuando en medio del parqueo de Ingeniería (entre los toldos de la EXPO UCR) el siguiente encuentro random me esperaba, con Elena fui a dar al pretil, a hablar paja, a acordar una birrita ahora después, fui donde mi madre y le dejé su encargo, le ayudé con un par de cosas más, me fui. Directo a Caccio’s a tomar esa bien merecida cerveza colorizada y michelada en jarra.

Ahí, entre birras y codazos de la rusa (que no sabe aceptar un buen chiste) transcurre el último de los encuentros (encuentro que admito le daba una relativamente alta probabilidad de que ocurriese) (y también admito que mi despiste es considerable). Un saludo y una felicitación/pésame (cosa relativa que depende si llegar a tener trabajo sea bueno o malo) le dieron tema a ese encuentro.

Al cabo de varias cervezas, me fui a mi casa y caminando por mi barrio me senté a meditar en el parquecito, arropado por el silencio de un play cuando no hay niños, sobre trabajos, sobre la vida, (y el amor, las mujeres y la muerte, para jugar a ser Schopenhauer también). En las banquitas, (colgado como Odín) en el pasamanos o en una hamaca me sorprendió la medianoche (me sorprendieron también un perro que es paseado a esa hora y además uno que otro etilómano). Ya después llegué a mi casa y aun sin sueño me dejé arrullar por historias a través del espejo (del vidrio-para-ver, o el vidrio-vidente).

Pigs on the Wing

Lunes Otra VEz…