Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Dream Evil

Es posible que fuera el cansancio, más bien estoy seguro que eso era, pero aun así siempre me gusta dejar la puerta entreabierta a las explicaciones metafísicas, me gusta creer que el universo eventualmente me quiere apabullar con sus razones e intervenir en mis asuntos, pero también estaba cansado. Lo cual no es extraño porque eran las tres de la mañana y me desperté de golpe, de un resortazo me descubrí sentado en la cama, mirando a mi alrededor buscando quién sabe qué. A mis pies, sobre el edredón, la gata estremecida por mi despertar me miraba con cara de indignación, bostezó larga y perezosamente y sin prestarme mayor atención volvió a su propio sueño.

Quedaba yo, despierto, aun sentado sobre mi cama, arrecostado sobre mis almohadas, con los ojos abiertos –a causa del mismo violento despertar- escudriñando mi cuarto, teñido en los tonos azules y grises de la noche. Naturalmente a pesar de que yo estuviera despierto, todo lo demás dormía, ningún otro sonido –tal vez los grillos en el patio nada más- perturbaba el dulce silencio.

Para ese momento ya estaba dormintando, me había vuelto a deslizar entre cobijas, dado la vuelta, abrazado la almohada, el ritual automático del acomodo, (la gata, sin despertarse, automáticamente se acomodaba a mis movimientos), no dejaba de pensar que existía una cierta similitud entre la ebriedad y el sueño, al menos en esos primeros minutos en los que uno deja atrás en la vigilia y poquísimos pensamientos se enmarañan. Como el borracho que de repente se mueve más lento que el mundo, el somnoliento se queda atrapado en sus ideas, posiblemente empezando a tejer un sueño. Es el cansancio, el peso en los párpados, una aplastante realidad que hace añorar estar acostado, cerrar los ojos y dormir, sí dormir, dejar al mundo de lado por unas horas. Una serenidad total, un hilo que nos hala hacia el centro de un laberinto, una seducción propia.

Luego lo oí. Era un sonido atroz. No sé si llamarlo un graznido o un chirrido, si era animal o no (tampoco quiero inventarme espantos); sé que lo oí, y más aun no era la primera vez que lo oía esa noche. Con una seguridad infundamentada sabía que ese sonido me había hecho despertarme con violencia antes. Guardé silencio, me mantuve quieto queriendo conjurar el sonido de nuevo. Largos minutos pasaron. Nada pasó.

Me relajé y me acosté, los ojos fijos en el cielorraso. Concluí que había oído el sonido en mi sueño y por eso me desperté la primera vez; pero el sonido era real, porque aun no estaba totalmente dormido la segunda vez que lo oí. Con la agudeza de la navaja de Occam asumí que un sonido real se puede filtrar en un sueño, ha pasado antes. [He soñado los sonidos de mis alarmas, los he incorporados a mis sueños, entre las más memorable sé que la alarma se camufló como un sismógrafo que sonaba, en otras el sonido fue un camión de bomberos.] Esta vez, como la mayoría de las veces, no tengo memoria alguna del sueño, he tratado de recordarlo, pero es como halar de un hilo y terminar deshaciendo un lazo, al final no queda nada. A mí me quedó el espantoso sonido.

Intenté dormir de nuevo, pero ya en los rituales se filtró una tensión, un oído atento, más despierto que dormido usurpándome de mi tranquilidad y serenidad, por la maldita curiosidad de volver a escuchar el atroz sonido, de apropiarse de él al descubrir su origen.

Estaba cansado, sin duda alguna lo estaba; por ello volví a sentir la somnolencia. Los ojos cerrados y el resto de la mente dispuesta a olvidar el episodio nocturno, eran las cuatro de la mañana, me lo había dicho el celular.

A las cuatro y quince volví a despertar, otra vez con violencia, otra vez de golpe, otra vez ese sonido. Esta vez lo entendí. No era ni un chirrido, ni un graznido, era una voz. No es la primera vez que sueño voces, pero sí la primera que salen del sueño, que azuzan mis temores en la vigilia. Con la fría lógica de un informático traté de desmentir mis miedos, tuvo que haber sido un animal, un perro perdido, un ave de mal agüero, cualquier cosa; en el fondo sé que no bastarían mis mentiras, que era una voz que pronunciaba mi nombre.

Del sueño recuerdo más cosas, una cara que no he visto (por lo general no sueño caras) y el llamado de mi voz. Ya a las cuatro y treinta cinco de la mañana, sin ningún remedio sino despertar, me convencí de que pocas cosas podrían ser más terribles que abrirle el portón a los sueños para que nos persigan en la vigilia.

The Kids Are[n’t] Alright

Stranger in a strange land