Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Wrapped Up in Books

Abro el libro. De él salen descripciones finamente hiladas, genealogías esclarecidas, uno que otro dios que discute, debate y, por qué no decirlo, hasta hace berrinche. Eneas, cada vez que abra el libro en la página cientoveintisiete, estará bajando con la Sibila de Cumas por una caverna hacia el reino de los muertos, encontrará a Palinuro esperando un digno entierro para poder cruzar y le mostrará a caronte el muérdago para Proserpina y luego el Inframundo, los condenados y Anquises y aquellas futuras almas olvidándose en el Leteo para volver, para ser césares o reyes, latinos o romanos. Con el libro abierto sé que estoy ahí, detrás o al lado del héroe, a veces me le anticipo porque no evito leer un párrafo unas cuantas páginas más adelante, a veces el autor, me da las pistas, la profecía que deshoja páginas para cumplirse, para agotarse el tiempo antes del irremediable triunfo. Yo voy ahí vertiginosamente devorando las palabras que equivalen a los azules mares del Mediterráneo ancestral, a las escallosas rocas donde mueren los marineros, donde los dioses juegan a sus seducciones, donde cada quién es hijo de algún héroe y se obsequian valiosos tesores de oro o marfil.

Cierro el libro. Hay que caminar y eso hago. Hace sol. La ciudad gris se agota cuadra a cuadra mientras camino. Torpemente se deslizan frente a mí los rótulos de San Pedro. La iglesia con su inútil Latín al cual nadie le presta atención, la Lehmann escasa y pobre, el Pomodoro con su fuerte aroma a ajo y a madera podrida, la calle, el asfalto, el humo de los carros, los murmullos universitarios de cada lado de la calzada, mosaicos imposibles que se construyen a partir de palabras sueltas, la extraña iglesia bautista, el cruce de calle en diagonal de Fito’s al otro lado, el otro cruce sobre las vias de hierro que guardan un eco del pito molesto del tren, la facultad de Arquitectura al otro lado de la malla, la entrada a la U, radio U, canal U, lo que sea U, la radio y sus ventanales con reflejo donde vanidosamente me veo al pasar, bambuzales y El Kiosco, otra entrada a la U, la acera de las paradas de bus donde la Periférica suba y baja gente, cobra y da vueltos y los torpes artesanos o mercaderes venden sus baratijas, el horrible sol de mediodía que ya me afecta, siento el sudor que baja y la parada de Heredia y el bus con la puerta cerrada, porque llegué muy temprano, y al menos tengo una sombra, en eso: prestidigitación. El libro, el seis de corazones marca la página (52 marcapáginas al precio de una baraja de bazar).

El libro volvió. Tal vez razono que no es tan alegórica la Historia Sin Fin. Leer implica trasladarse a otro mundo, perderse, entrar en un laberinto dado por los números en las esquinas de cada página. De nuevo estoy con Eneas en Italia; la Odisea dio lugar a la Ilíada, son batallas y bodas inconclusas, guerreros que no son el hermoso pelida ni el politrópico Ulises vuelven a batirse, Hera y Venus opuestas entre sí de nuevo, Diómedes se menciona para dar su negativa y ya no trata el poema sobre los vericuetos marinos de Eneas. Se enumeran los bajeles etruscos sobre el Tíber, las huestes tirrenas y arcadias y Eneas y yo escuchamos a las driadas dar aviso del ataque de los latinos liderados por el gigante Turno. Estoy ahí, mi mente le dio cara, color y forma a esas driadas en las olas, Eneas y la batalla sobre la playa saltan a la realidad, lo puedo ver todo a la vez, disperso en varias páginas completo la escena, la batalla, en espacio y tiempo variable, pasan las horas y se acumulan los muertos en el río, releo un párrafo y Palanto vuelve a morir. Una y otra vez, degusto la herida, el pecho blanco roto por la lanza. Se vuelve a colar el seis de corazones en el medio. Cierro el libro.

Camino nuevamente, las caras a mi lado son insípidas y olvidables. El día ha girado y los carros del Sol se pierden allende del mar, en el crepúsculo las caras son grises e indistintas, como los edificios o el asfalto requesbrajado de la calle. Impelidas por la madre Cibeles las plantas torpes crecen en las rajaduras del pavimento en este reino tropical donde lo edificado por los hombres sucumbe a la humedad, a la agresiva vegetación (cosa de por sí contradictoria, vegetación que de vegetal tiene poco, que tiene una vida más decidida que los hombres), al descuido y al olvido de una estirpe que vive para sus necesidades inmediatas como los bárbaros que piensan solo en el día presente y jamás en los destinos de los hombres. La ciudad sufre de los hombres. El polvo se acumula en las cornisas, en los dinteles, bordes de ventanas, en las caras de los niños y hasta en el aire queda suspendido, como una seda invisible que se corre suavemente al caminar, manchándonos de la mugre de la ciudad; suciedad y vidrios rotos, caras rotas y sucias, bañadas en el aceite de la lucha incesante de cada día. La ciudad, o si acaso su esencial parte, que la represente toda, la larga avenida se troca en un singular campo de batalla, unos esperan y buscan sus agüeros, los leen en la forma de la hamburguesa que ávidamente consumen o en la disposición de los taxis, otros marchan ya, las divinas armas portando, a dar la cara en la batalla, probarse en los campos de Marte, o en las oficinas o las tiendas o los bares, fieramente lanzándose a luchar silenciosamente contra el mundo, donde todos son rivales y todos son aliados. La vida, pienso, al comenzar a imaginar nombres y gestas de los hombres que caminan a mi lado, tiene sus odiseas e ilíadas o pues, sus eneidas en las que figurarán los caballos de madera o los guardados por la divinidad, o los que descienden al Inframundo y emergen con el conocimiento del futuro. Menos grises, veo las caras de las personas, e imagino su linaje, sus maldiciones, sus historias. Aquella, una ninfa de robada virginidad que aun cree en un Júpiter celestial, aquel, cuida las armas de su anciano padre, su casa y su raza, otros buscan entre la gente a sus enemigos, al raptor de su amor, al que le hizo mal, justicia, venganza, reivindicación, ambición, destino entretejidos entre las fibras de la ciudad, de la gente que la habita; ciudad que sufre de gente y por eso mismo es ciudad.

Camino y en algún vidrio reluciente me veo reflejado e imagino una extraña inversión. Con el libro abierto me sumergo y acompaño a Eneas, como lo hiciera Venus; cerrado el libro, sus palabras adheridas a mi mente, presiento al troyano acompañándome.

Achilles Last Stand

Raptors are Evil