Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Con Nombre de Guerra

“Ante todo, sincretismo”, parecía decir la puta sin estarlo diciendo. Obvio, no puedo empezar a hablar de su lado de la acera sin hablar del mío. Del nuestro. No estaba solo de mi lado, estaban aquí las señoras subsombrilladas y los señores fumando bajo sus paraguas, todos haciendo fila para el bus de la ruta 56. Del lado de acá: la cocina de un casino, el haitiano vendiendo platanitos, la entrada de Plazavenida y el Mr. Churro; hay más cosas más abajo, pero eso es para la gente del bus de Sabanilla, hay más cosas más arriba pero ya eso es otra cuadra, el Hotel del Rey y todo aquello. De aquel lado un edificio con un vidrio roto y una cadena oxidada en las verjas, el New York Bar, un taxi parqueado (ese taxi son muchos taxis, uno se va y llega otro, gente sube y baja, dinero pasa, pero el taxi ahí es parte del paisaje). De sendos lados parqueos.

De aquel lado estaban las putas y de este lado no. No sólo porque no anduvieran caminando en la misma acera, porque sí, sí estaban de este lado. Andan con sus tacones abriendose paso, bajan o suben, vienen y van, se vuelven a ver. Pero. A la vez no estaban porque no, simplemente no. La gente les huyen con la mirada, unos, ven como si viera a través de ellas, otros. Negación en todo caso. No falta también la lectura automática de un lupino hombre, que ve los tacones y las piernas y todo lo demás tan elaboradamente expuesto y después de la degustación visual, agitando la cabeza el hombre vuelve a su antigua distracción. Sí de este lado, aunque anden no están. No son.

Del otro, están y son. Ahí las ven todos. Las mujeres subsombrilladas balbucean su desencanto, su desprecio, su crítica punzante. Esas. Ahí van. Ah. El tono es algo que no se puede poner aquí. No es arrogancia, ni desprecio en sus puras formas, van mezclados, se tiñe de lástima, de tristeza, de una inadmitible envidia, seguida del odio puro. Interpreto sus voces, sus comentarios, incluso cuando ya estemos los de la fila en el bus y el bus esté lejos algunas conversaciones aún se agitan en hablar de la parada, de las putas, de las putas que es un trabajo, que es un relajo, que sólo crimen y gringos pervertidos, que qué feo, pero también qué saladas, o qué descaradas.

Sincretismo entonces. Las putas están ahí al frente mío, del otro lado de la acera. Sus devenires me interesan poco, las veo como si viera una obra de teatro. Repiten las escenas de siempre. Eso. Sí. La fila del bus crece detrás mío y todos somos espectadores. Creemos que es algo Brechtiano, la vemos asumiendo que es un espectáculo, que es pura trama, un mero montaje y que al final la ilusión se manifieste como tal. Pero no. Eso no ocurre nunca. Sincretismo falso, inventarse dramas. Creer que lo de aquel lado está sólo de aquel lado. La putilla cruza la calle, saca su sombrilla de ese bolso (porque ella también se moja, y la sombrilla no será diferente a la de una de las subsombrilladas). Los tacones del desprecio (epíteto hurtado a Bunbury) van sobre el asfalto húmedo. De nada sirve reducir ‘este lado’ a lo individual, lo harán –imagino- las subsombrilladas, el bigotón, el tipo que por no andar paraguas se tapa con una bolsa plástica . Las putas siempre están allá, del otro lado, del show eterno de la ciudad ajena y decadente que vale siempre atacar, criticar, destruir. Allá.

“Sincretismo”, parecía insistir. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Tengo que aceptar que está de mi lado de la acera, del lado mío, yo, mi bolso, mi libro de Keats o de Luciano de Samósata, mi celular, mi cárdigan, mi San José ficticio, mis mil ideas para hacer una ciudad mejor aunque ninguna será puesta en práctica, mi lado, el lado del crítico que soy? Si la acepto qué. Es aceptar también al piedrero, al gringo pervertido y degenerado, al proxeneta, la plata sucia. Es aceptar que esa es la bajeza de mi realidad que sigue estando ahí cuando ya esté en el bus. Pero, me digo, con la anagnórisis a medio apagar: eso ya está aceptado. Si no, leería los periódicos como novelas. Sin preocuparme de muertos, ni asaltos, ni violencia, ni cifras. ¿Entonces?

¿Sincretismo qué? Pienso en ser metódico y volver a pensar. Sincretismo exigiría también ponerme en su lugar, en tratar de ver el mundo a través de los ojos sobre sonrisas falsas, cansados por andar en zancos de aguja y el frío por las tiras de tela que llevan por ropa. En pensar estar de aquel lado de la acera y ver la fila, ver la gente que hace caras pero que las ve, ve fijamente, verme a mí desde su óptica, ver al haitiano y ver el bus azul de la ruta 56 tan molesto recuerdo de la vida común y silvestre anegadas de mandados y sombrillas.

Aquella ruta es insensata y futil. Puedo imaginar, hasta ahí; esta imaginación mía se iría por otras tangentes, buscando algo heroico en aquello que es grotesco y vulgar. Mi razón se iría por lo darwiniano, por la respuesta, la adaptación, la supervivencia. No, no conviene imaginar un punto de vista ajena, ni siquiera el más verosímil deja de lado el –símil. C’est la verité.

Ya no sé cuántos días más he estado ahí. Bajo el paraguas en la parada. Es mi salida de San José, entre el vaivén pendular de prostitutas solas o mal acompañadas. La puta (no distinta al taxi ya mencionado) está ahí, siendo otra puta. Aún insiste en el sincretismo, en decir que los dos lados de la acera son iguales. No porque ella guarde alguna moral retorcida, no porque de este lado haya parangones de moral. Ni una ni la otra. Sino porque sí, porque los dos lados de la acera son lo mismo. No porque la gente sea la misma, no, no se trata de eso. Pero tenemos igual atribuciones, tenemos la misma relación con la ciudad.

No, no, huyamos de la idea de siempre, de que somos hijos de la ciudad, hijos de San José sólo porque nacimos en una clínica en su centro, o porque la visitamos con frecuencia. Más bien San José es el remedo de aborto nuestro, es nuestro sincretismo. La puta le da su color a San José. Se lo da el piedrero. El predicador. El tipo vestido de queque de spoon. El policia. El filólogo que se ríe solo por Luciano de Samósata. Los que la juzgan, los que son juzgados por ella. Sincretismo ante todo, decía la puta sin querer decirlo, pero no me lo decía a mí. Se lo decía a ella misma, a San José, tal vez. A la nube no digital, a todos los que leen algo de la gente que pasa al frente suyo en los bulevares y aceras; la densa niebla de caras larga o cortas, pintadas, sonrientes o furiosas.

Sincretismo, sí, entiendo. Algo así sólo se descubre estando ahí varias veces más, entender que yo también soy ese taxi. Siempre vuelvo a estar ahí. Otras circuntancias, otra expresión. Pero otra vez ahí. Yo no soy distinto a ella. También yo soy observado y bastaría yo estar duplicado para que alguien me examinara de la forma en queyo examino a alguien más para entender del todo la repetida pluralidad de juicios de las personas. Sí, es así como damos forma a San José, a partir de lo que vemos, de lo que pensamos cuando vemos. Así San José nos pretende resumir a todos; nunca lo logrará claro, pero el punto de vía mío, no es más que uno mas en el crisol de momentos josefinos. Sincretismo digo yo en el blog, sin decirlo a nadie en particular.

It's true. All of it.

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Dies Irae