Hola.

Mi nombre Julián y este es mi blog. En algún momento el blog fue más amplio, pero de eso ya fueron 10 años.  

Hail to the Thief

Hail to the Thief

Ayer, hace una semana, en horas de la madrugada fuimos víctimas de un intento de robo. Habíamos desistido de ver los Óscar porque el lunes había que madrugar, Rosaura tenía que ir a nadar a Goicoechea y yo tenía que alistar tanto a Felipe como su lonchera. Así que nos acostamos como a las nueve, por ahí después del premio a mejor película animada y todo parecía ser una noche como cualquier otra. 

A eso de las dos sonó un golpe. En una casa en la que habitan tres gatos (y una de ellos, una cosita pequeña de meses de edad) es normal que haya sonidos en la noche. Siempre hay algo que se cae, un lego reclutado forzosamente para el ejercicio de dribbling de la gata, un salto mal dado que concluye con el sordo golpe de un libro que se parte por el lomo en el suelo, sin embargo el catálogo de sonidos es finito y familiar. Ese golpe que sonó a las dos de la mañana era nuevo. 

Rosaura se levantó a investigar. 

Lo que sucedió a continuación no duró más de cinco segundos a juzgar por la grabación en las cámaras de gatos (a raíz de un viaje que hicimos en 2017, yo compré cámaras de monitoreo para poder ver a los gatos incluso más allá del mar y a pesar después del regreso dejé operando, más que todo para aliviar mi paranoia de no dejar la puerta bien cerrada al salir del aparta). Básicamente, una vez que Rosaura salió del cuarto y se entornó hacia la sala, ella se paralizó. Se paralizó y gritó con todas sus fuerzas. Yo a medio despertar por el sonido y por Rosaura al levantarse, me incorporé de inmediato como un gato sorprendido por un pepino. Mientras saltaba de la cama a la puerta pensé en las más estúpidas teorías respecto al por qué del grito ( 1) "los gatos estaban haciendo un ritual satánico y fueron descubiertos" 2) "eso involucró que un gato se murió", 3) una cucaracha asesina de dos metros salió de la cocina. A la vez oía mi voz preguntar qué pasaba y Rosaura me respondía. Un mae se está tratando de meter a la casa. ¡UN MAE SE ESTÁ TRATANDO DE METER A LA CASA! A espaldas de Rosaura un cuadro había caído al suelo. El mae tenía ya una pierna dentro del apartamento. ¡SE ESTÁ METIENDO A LA CASA! Toda esta información llegaba a mí así como yo recorría los seis metros desde nuestro cuarto hasta la ventana. Ya no veía a nadie y yo solo corría hacia una ventana vacía. 

 Yo había llegado a la ventana que daba a la terraza del vecino y había encontrado celosías rotas. Abajo mi suegra salía de su apartamento. Al lado el vecino daba señales de vida. Pero ya no había nadie más.  Era imposible saber hacia donde se había ido. Sobremiramos la sala. El ladrón no se había llevado nada. El rugido de Rosaura nos había salvado. 

Llamamos a la policía para poner el reporte. Corrí el sofá (ya movido por el criminal para poner pie en nuestra casa) y barrí vidrios rotos. Encontré una platina de metal en el suelo. Esa platina había sido el sonido que había sacado a Rosaura del cuarto. El vecino desde la terraza me devolvía las otras celosías que el criminal había ocultado en la terraza. Yo las colocaba de nuevo en su lugar, pero ya la armazón estaba doblada y obsoleta.. Fui a la bodega y busqué el serrucho, una repisa y el taladro. Eran las 2:30 y yo atornillaba una tabla al marco de la ventana en el hueco que había quedado por las celosías rotas. Llegó la patrulla y narramos lo ocurrido. La policía asintió. Escuchó. No hizo mucho más y se fue. 

No dormimos más. A las 4 los gatos comenzaron a volver de sus escondrijos. A las 6, Felipe fue a la escuela, porque al menos él merecía esa semblanza de normalidad y diversión que es primer grado. Rosaura no nadó ni fue el trabajo y yo también pedí permiso. A las 7 pedimos y obtuvimos números de teléfono de reparadores y soldadores. Ocupábamos una nueva ventana. Algo más seguro. Ocupábamos una nueva reja. Algo más sólido. El mismo día tendríamos lo primero, en cuestión de días tendríamos finalmente ambas. Otra cámara de gato la instalé en el cielorraso apuntando específicamente a las ventanas para monitorear el movimiento.

Después del lunes no fue sino hasta el miércoles que dejamos la casa vacía por primera vez y confieso haber estado vigilando las ventana desde la oficina. El sábado salimos en la noche y me descubrí igual recurriendo a la herramienta de monitoreo. Ayer, una semana después del suceso por fin volvimos a acomodar los muebles en los espacios que ocupaban el día del intento de robo. De alguna manera ese reseteo daba ritualmente por finalizada esa semana de temor y preocupación. 

A lo largo de la semana hemos pasado por diferentes etapas. Unas de día, otras en lo más profundo de la noche. Hemos hablado de adquirir un taser, o un chuzo eléctrico de ganado, o un bate, o simplemente utilizar la platina caída como un objeto contundente. La imagen mía corriendo hacia la ventana se complementaba ya con el objeto en mis manos. 

Hemos recorrido los escenarios what if. What if Felipe era el que se levantaba, what if nadie se daba cuenta, what if vuelve, what if si rompe el vidrio sólo por hacer el daño. Hemos tratado de adivinar su identidad entre quienes deambulan por Escalante a deshoras y sin propósito. Si saltó de la terraza es probable que sus piernas hayan resentido el impacto, pero son tantos quienes deambulan con algún tipo de renquera. A veces sólo nos acercamos a la ventana a inspeccionarla, como si quisiéramos corroborar su materialidad y en la solidez translúcida encontramos un alivio. 

Algunas veces acudimos al "pudo haber sido peor" que es una especie de alivio pero también es una frase que trata de negar la gravedad de lo ocurrido. Es un mal consuelo, porque presume que la pérdida de lo material habría sido peor. Lo cual no es cierto, algo intangible sí se desvaneció. Sentimos ahora miedo y preocupación. En nuestra vida entró una variable que no había estado presente anteriormente y eso es una mierda total. 

Parte de mí quisiera poder odiar visceralmente al criminal, así como los odian en redes quienes abogan por el linchamiento público o por una renovada ley del Talión. Tampoco soy capaz de victimizarme al punto de atribuirme el derecho a infringir la ley. Alguna parte de mí definitivamente trata de tomar en cuenta las circunstancias del hampón y si bien no justificarlo, al menos verlo como una falla más de nuestro tejido social. 

Nadie que no la esté pasando mal, imagino ingenuamente yo, haría algo como esto; pienso en el miedo que el mismo tipejo debe sentir, en el dolor en las rodillas al saltar desde un segundo piso, en la irracionalidad que hay en el fondo de todo crimen, pero aún así me niego a empatizar. El insomnio de Rosaura, la candidez perdida de Felipe al entender que el mundo es más hostil de lo que él creía y hasta el sutil pánico que los gatos vivieron todo ese lunes me lo impiden. 

Con el tiempo sé bien que este episodio se categorizará con otros episodios en mi memoria: un asalto en la Cali, una pistola en la cara en Sabanilla, un ex-empleador que no quiso pagar una factura y varios otros más.  El crimen termina por ser anecdótico en estas latitudes, dice con resignación una voz en mi mente. El crimen termina por deformarnos un poco, enuncia con presteza otra voz. Sin duda alguna estos eventos alteran nuestra relación con el mundo, alteran nuestra perspectiva sobre nuestra posición y además nos recuerdan una incómoda susceptibilidad. Aunque sé bien que mi experiencia no es tan grave como otras, ajenas, de igual forma no dejo de sentir es nueva opacidad en mi mente y anticipar que por un tiempo más el sueño no será tan reparador como lo fue antes.  

Apocalípticos y pentecostales

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